Policíaca & Suspenso

Cuenta atrás desesperada

Jesús Mallol

Cuenta atrás desesperada

Extracto de lectura:

Lunes, 8 de enero de 2001
GUÉTHARY. FRANCIA

El timbre sonó con reverberación, una especie de eco desagradable en la casona medio vacía. En realidad, más que una casa era casi una ruina. Se trataba de una vieja casona rural, aislada, destartalada y casi desamueblada, pero con la ventaja de que, al menos hasta ahora, no estaba controlada y vigilada por la Gendarmería. La lluvia sonaba como un débil y triste martilleo en los cristales cuando uno de los ocupantes de la habitación, el más joven, se levantó para ir a abrir la puerta en el piso de abajo.
Desde la planta superior, donde estaban los dos únicos ocupantes de la casona, habían visto aproximarse por el camino de grava al recién llegado. Era Iñaki Izaguirre, y en lo que cubría la vista no se veía a nadie más.
A lo lejos, en la bruma que flotaba en el aire como enredada en las ramas desnudas de los árboles, se adivinaba la torre de Guéthary, cerca de San Juan de Luz. Era un pueblo precioso, una zona en la que se habían sentido seguros y cómodos durante mucho tiempo, pero ahora los malditos franceses se habían dejado comprar por los españoles y los estaban traicionando casi cada día.
—Pasa, Iñaki. ¿Cómo va todo? —dijo el hombre abriendo la puerta, mientras dirigía una mirada desconfiada hacia el exterior.
—Bien; no me ha seguido nadie.
El hombre que había abierto la puerta, que se identificó sólo como Josu, acompañó a Iñaki hasta el piso de arriba donde lo esperaba Ingude (yunque, en español). Al llegar a la habitación, después de los saludos iniciales, Josu se levantó levemente el suéter, sacó la pistola que llevaba metida en el cinturón, se la puso en un bolsillo del pantalón, más cómodo, y salió de la habitación para pasear por el resto del edificio, vigilando desde las ventanas el exterior de la casa.
El recién llegado miró a Ingude frotándose las manos con un cierto nerviosismo mientras que este le señalaba una silla. Le parecía mentira estar allí reunido con Ingude, el viejo militante que llevaba décadas actuando en primera línea contra la ocupación de Euskal Herria y que era una leyenda viva para las actuales generaciones. Sin embargo, muy pocos lo conocían directamente y menos aún habían hablado con él.
—Se trata de realizar una acción —dijo Ingude sin más preámbulo—. Desde el verano pasado los españoles nos están dando hostias a barullo, así que la dirección ha decidido enseñarles los dientes a base de bien, y tú eres el indicado.
—Bueno, también nosotros les hemos dado unas cuantas —contestó Iñaki refiriéndose a las hostias.
—No han sido tantas, ni tan buenas, Iñaki. Ha habido algunas acciones que han salido fatal, como la explosión de la bomba de Patxi Rementería antes de colocarla, o la pérdida del coche aquel cargado de explosivos por una avería en Benabarre, en Huesca. Y las veces que no ha salido bien, como el tiro de Ramón Rekalde, que sólo quedó herido leve, o la caída de los compañeros de Andalucía. Además, los franceses también nos están jodiendo aquí mismo.
»Nos están deteniendo a montones, no sólo a nosotros, sino también a los compañeros de Euskal Herritarrok, a los de EKIN, a todo Dios; y por si fuera poco, hasta la propia Ertzaintza está metiendo la pata. Y en Francia, tres cuartos de lo mismo; fíjate en qué condiciones tenemos que reunirnos —dijo señalando con la mano la inhóspita habitación en la que se encontraban—, en sitios siempre cambiantes y tomando todo tipo de precauciones.
—Sí, la situación la conozco, y aunque es verdad que hemos tenido algunos tropiezos y algunos fallos, no creo que sea tan mala.
—Iñaki, no estamos aquí para hacer un análisis de la situación, sino para preparar algunas acciones que nos lleven a nivelar otra vez nuestra posición —cortó Ingude en seco—. La dirección ya ha hecho ese análisis y ha decidido dar un golpe fuerte y contundente, donde no se lo esperan, para que levante la moral de nuestra gente; por el tipo de acción que se ha pensado y por el entrenamiento que has recibido, eres el mejor para llevarla a cabo. Además, tú no estás tan buscado como otros compañeros y te podrás mover más libremente.
—Por supuesto, Ingude. Dime de qué se trata.
—Bien. Consiste en poner un coche preparado en Tenerife. Hasta ahora los españoles han aprendido que los podemos golpear en cualquier sitio, en Madrid, Barcelona o Andalucía, pero siguen creyendo que las Canarias están exentas porque se trata de islas en las que sería imposible entrar y salir. Por eso la dirección ha decidido actuar allí, en un escenario emblemático para ellos que además les supondrá un duro golpe político y económico a los españoles, porque los turistas saldrán de Canarias huyendo como conejos apenas suene un pepinazo.
—Como idea no está mal, Ingude. Pero si los españoles creen que es muy difícil que actuemos allí, es porque debe serlo. ¿Cuál es la idea?
—La dirección ha ideado un plan muy detallado para que se pueda llevar la carga, entrar, actuar y salir de allí sin que te detecten y sin que te pillen. Escucha atentamente, porque no puedes tomar notas y es complejo; tienes que memorizarlo todo.
Y sacando unos papeles y unos mapas de un portafolios que estaba en el suelo junto a su silla, desplegó el mapa de carreteras de Francia. Entonces, a la luz amarillenta de la bombilla que colgaba desnuda de un cable, comenzó a explicar con detalle el plan, ayudándose de algunos esquemas y varios mapas, para que Iñaki memorizase los puntos esenciales. Sólo le dio la información necesaria, sin añadir nada que no fuese estrictamente indispensable, pero aun así estuvo hablando casi tres horas prácticamente sin interrupción.
Ayudándose de los mapas de carreteras, primero del de Francia, el de España después, y finalmente el de Tenerife, Ingude fue dándole los detalles de la operación. A menudo tenía que echar mano de un bloc lleno de notas, porque eran muchos los detalles y los datos que tenía que comunicarle a Iñaki. En ocasiones las instrucciones eran absolutamente precisas; en otras, en cambio, Iñaki tendría un cierto margen de maniobra para actuar según determinase él mismo en ese momento en función de las circunstancias. Iñaki escuchaba muy concentrado, en silencio, asintiendo a veces con la cabeza. En ocasiones, cuando algo se le escapaba, le pedía alguna aclaración o que le repitiera la explicación.
Ingude optó por silenciar algunos aspectos de la operación. Era preferible que Iñaki no conociese los factores laterales porque realmente no necesitaba saberlos. En tales casos, cuando Iñaki preguntaba algún dato concreto sobre ellos, Ingude le contestaba que no era necesario que lo conociese y que confiase en los compañeros que asumirían esas tareas. El método de las participaciones ciegas pretendía que, en caso de que la Policía detuviese a algún participante en la operación, no pudiese sacarle información sobre ella. De esa forma sería posible reconstituir el operativo en muy poco tiempo y con pocas bajas.
Sólo fueron interrumpidos por Josu, que entró con una bolsa de supermercado que contenía unos sándwiches de jamón y queso, de esos que vienen envasados en plástico, y unas latas frías de refresco, y sin decir una palabra dejó la bolsa junto a Ingude señalándola con un gesto. Cogieron cada uno un sándwich y una lata de refresco, y continuó Ingude con su exposición mientras daban cuenta del refrigerio.
—La última noche antes de entrar a España, en Tarbes, recibirás las últimas instrucciones y documentación. ¿Eres capaz de realizar la misión, Iñaki, o tienes alguna reserva?
—No, Ingude, no tengo ningún problema para realizar la misión. Es más, lo considero un honor. La organización me ha facilitado entrenamiento durante años y pone a mi disposición muchos medios. Acepto la misión con todas sus consecuencias y quiero que sepas que la llevaré a cabo por encima de cualquier otra consideración, o seré otro caído por nuestra causa.
—¡Eres un auténtico gudari, Iñaki! —dijo Ingude mientras posaba una mano en el hombro de Iñaki—. ¿Alguna pregunta o duda?
—¿Qué hago si hay algún imprevisto?
—En caso necesario, pero sólo si es estrictamente necesario, llama a este número desde un teléfono público —dijo mientras le tendía una tarjeta—. Es de un músico que va a estar de viaje bastante tiempo y tenemos el teléfono pinchado en otro sitio, así que la llamada en realidad será para nosotros. Si tenemos que comunicarte algo, lo haremos a este móvil —dijo alargándole un pequeño aparato Ericsson que sacó de una bolsa de mano que estaba en el suelo, junto al portafolios—, pero tú no debes usarlo ni llamar a ninguna parte.
—¿Tiene algún nombre esta operación?
—Por supuesto, Iñaki. Es la Operación Dragon Rapide.
Después de considerar unos instantes el nombre y las circunstancias de la operación, Iñaki dibujó una sonrisa y asintió aprobando el nombre elegido.
—De acuerdo; creo que todo está claro. ¿Cuándo empieza la Operación Dragon Rapide?
—Ya ha comenzado, Iñaki. Vete esta misma tarde porque pasado mañana, por la mañana, tienes la primera cita, y es muy lejos de aquí. Recuerda todas las instrucciones y recomendaciones que te he dado, y no olvides que, aunque hay muchísima gente involucrada en esto, esta vez actúas solo; tú eres todo el comando.
Ingude le entregó la pequeña bolsa de mano con algunos objetos que Iñaki necesitaría más adelante, entre los que estaban el teléfono móvil, un pequeño transistor y un despertador electrónico a pilas.
Se levantaron y se abrazaron emocionados. Los dos eran conscientes de la dificultad que la Operación Dragon Rapide representaba y del enorme peligro que iba a correr Iñaki a cada minuto, hasta que estuviese de vuelta en Euskal Herria. Josu volvió a la habitación y, a una indicación de Ingude, acompañó a Iñaki hasta la puerta. Allí, estrechándole la mano con un cordial apretón a modo de despedida y, mientras miraba a hurtadillas hacia fuera, le dijo con una sonrisa:
—Bien, chaval, pórtate bien y no te la juegues; nos veremos pronto. —Y girando sobre sí mismo cerró la puerta dejando a Iñaki en el exterior.
Cuando salió otra vez a la lluvia, mientras se dirigía a su casa a recoger su equipaje llevando en la mano la bolsa que le había entregado Ingude, Iñaki Izaguirre recordó cómo había llegado a aquel punto. Pensó en su padre, tantas veces preso en las cárceles españolas por ser vasco, hasta que murió en una triste celda del penal de El Dueso por enfermedades contraídas en prisión, secuela de las condiciones inhumanas a las que sometían a los presos. Luego vino su participación en los grupos juveniles que habían hostigado a los españolistas en las calles hasta que al final, hacía tres años, tuvo que irse a Francia después de que lo detuvieran por hacer las misiones de seguimiento y vigilancia que le habían pedido. Al poco tiempo, ya en Francia, vinieron los primeros contactos directos con la organización, y casi sin darse cuenta se vio participando en un programa de adiestramiento en manejo de armas, explosivos, inteligencia, y todas las funciones necesarias para realizar sabotajes, atentados o suministros.
Sintió el peso de la misión que la dirección le había encomendado, consciente de su envergadura. Desde luego había habido acciones más sangrientas, y tampoco esta sería tan notable como la Operación Ogro, cuando volaron a Carrero Blanco el mismo año que él nació en Donostia, pero tendría un significado enorme y unas consecuencias imprevisibles. Quién sabe, a lo mejor un golpe tan inesperado podría hacerles comprender a los españoles que nunca tendrían nada que hacer allí, en Euskal Herria, y que tendrían que marcharse a su país.
En el minúsculo apartamento donde vivía en Guéthary con otros dos compañeros, alquilado a nombre de un colaborador de la organización que era ciudadano francés, hizo el equipaje con todo lo necesario en pocos minutos. Era una de las ventajas de ser tan disciplinado y ordenado: cada prenda de ropa y cada cosa estaba perfectamente colocada en su sitio. Gracias a eso, Iñaki pudo llegar a tiempo para coger el primer tren que debería llevarlo muy al norte, a cubrir la primera etapa de la Operación Dragon Rapide.
El viaje hasta París fue pesado. Tuvo tiempo de dormir, de leer, y de aburrirse. Para evitar que nadie se pusiera a hablarle se colocó los auriculares de su walkman, y para combatir el tedio se entretuvo en recomponer mentalmente todas las instrucciones que le había dado Ingude para fijarlas en la memoria: los puntos donde debería tener algún encuentro con no sabía quién, los viajes que tendría que realizar para no hacer ningún trayecto directamente, las precauciones a tomar en cada punto... Y una vez ordenados mentalmente todos aquellos datos, desarrollar un sistema nemotécnico para memorizarlos sin esfuerzo y sin que se olvidase ningún eslabón de la complicada cadena.


DIRECCIÓN GENERAL DE LA POLICÍA. MADRID
—¿Queda algún asunto pendiente?
—Sí, señor director —respondió el subdirector general de Operaciones mientras le tendía una carpeta de color sepia—. Se trata del traslado del inspector Catena.
—Ah, sí, Catena. ¿Cómo está ese asunto?
—Verá, el traslado urgente ha sido solicitado por el propio inspector Catena y viene informado favorablemente por el comisario jefe de San Sebastián y por el delegado del Gobierno en el País Vasco. Se trata de un funcionario con una impecable hoja de servicios, que ha participado de forma destacada en la desarticulación de varios comandos terroristas, y que en los últimos dos meses ha tenido tres atentados, frustrados por fortuna: dos bombas lapa en el coche y un paquete explosivo la semana pasada. Por nuestra parte no hay inconveniente en trasladarlo, y sólo depende de su firma.
—Dígame, ¿cómo ha logrado salir de tres atentados? —El director general se había levantado de su escritorio y contemplaba el hermoso Paseo de la Castellana a través de los cristales de la ventana, con los árboles desnudos que le daban al entorno un inequívoco aire invernal.
—Por lo concienzudo que es, y porque ha tenido mucha suerte. Todas las bombas que le han puesto hasta ahora las ha detectado antes de que estallaran.
—Bien, parece que debemos trasladarlo de forma urgente, antes de que su suerte le dé la espalda. ¿Qué posibles destinos hay libres?
—Ya lo hemos comprobado. Hay algunas vacantes, y podría ser trasladado de forma inmediata a Pamplona, Madrid o Tenerife.
—Pues vamos a mandarlo una temporada a descansar a Tenerife, que se lo tiene merecido, ¿no cree?; una temporada lejos del terrorismo, casi de vacaciones. Por favor, ocúpese del traslado de forma urgente, que no lo quiero demorar. ¿Algún otro asunto?
—No, señor. Esta misma mañana completaré los trámites del traslado y esta tarde se los paso a firma, si le parece.
—Perfecto. Hágalo sin demora.
El subdirector general salió dando por concluida la reunión. Al llegar a su propio despacho, llamó a la secretaria por el interfono para pedirle que iniciase los trámites para el traslado urgente del inspector Carlos Catena desde su actual destino, en la comisaría de San Sebastián, a la de Santa Cruz de Tenerife. Luego encendió su ordenador para entrar en Internet y consultar las últimas noticias de las agencias y su propio correo electrónico.


COMISARÍA DE POLICÍA. SAN SEBASTIÁN
El inspector Carlos Catena estaba en su despacho en mangas de camisa. Nada en su aspecto indicaba que pudiese ser un funcionario del Cuerpo Superior de Policía. A sus treinta y cuatro años tenía el pelo relativamente largo, y una poblada y oscura barba le cubría la cara; vestía un pantalón sport beige arrugado y una camisa a cuadritos verdes con las mangas subidas; se había quitado el suéter para soportar la temperatura que la calefacción del edificio mantenía en todas las dependencias, y eso que nunca abría el radiador en su despacho. En la cadera, prendida en un ancho cinturón de cuero con la hebilla tipo vaquero, llevaba la funda de la pistola, pero el arma estaba guardada en un cajón de su escritorio.
Revisaba de forma rutinaria unos informes internos sobre los incidentes de los últimos días en San Sebastián mientras que, como acto involuntario, se daba tironcitos de la barba.
De pronto, se oyeron unos golpecitos en la puerta, que se abrió casi simultáneamente, sin esperar ninguna contestación. En el hueco apareció la bonita cara de Rosa, la sonriente secretaria del comisario.
—Catena, el jefe quiere verte. Cuando puedas.
Resignado, sin contestar, dejó los informes sobre la mesa, cerró el cajón donde reposaba la pistola y salió al pasillo para ver, si llegaba a tiempo, el contoneo de Rosa. El despacho del comisario estaba en el mismo piso, al otro extremo de un pasillo que en aquel momento, aunque no era lo habitual, estaba casi vacío; sólo había un agente de guardia tras una mesita. Se encaminó al despacho del comisario, le dirigió una sonrisa a Rosa al pasar junto a ella y se dirigió hacia la puerta. Llamó con los nudillos y, al oír la invitación desde dentro, abrió y entró en el despacho.
—Pase, Catena. ¿Cómo se encuentra?
—Pues cómo quiere que me encuentre, jefe. Mirando debajo del coche, de la cama y hasta debajo de mi sombra; mirando hacia delante y hacia atrás a la vez, con la sensación de que todo el mundo me está mirando de reojo, y con pesadillas. Pero quitando esas tonterías, muy tranquilo.
—Pues déjese de sarcasmos y siga tranquilo porque ya se ha arreglado. Acabo de recibir un comunicado por correo electrónico de la dirección general diciéndome que le han concedido el traslado inmediato. Los trámites y el papeleo tardarán unos días, pero me han indicado que puede irse ahora mismo. Enhorabuena, Catena.
—¡Coño, jefe, qué buena noticia! ¿Y a dónde es el traslado?
—Ah, sí, que no se lo he dicho. A Tenerife.

Martes, 9 de enero de 2001
AL NORTE DE PARÍS

La segunda parte del viaje le parecía menos monótona. Había dejado de llover y el paisaje mostraba toda una gama de verdes, brillantes y vitales. Era un paisaje que a Iñaki le encantaba. Por las ventanillas del tren desfilaban los pueblecitos, las granjas y manchas de bosquecillos salpicando aquí y allá, todo lo que abarcaba la vista en una campiña de suaves ondulaciones. Decididamente, Francia le gustaba.
A ello posiblemente no era ajeno el hecho de que su madre fuese francesa. Por eso, y por sus frecuentísimas visitas a Francia desde su más tierna infancia, hablaba un francés perfecto, con un suave acento meridional que podía hacerlo pasar por un francés de cualquier parte.
Hasta ahora todo se estaba desarrollando como le había indicado Ingude, incluido el horario de los trenes. En la breve parada que hizo en París para cambiar de tren y coger el que debería llevarlo a Amiens, se le acercó una chica con aire de colegiala que, para su sorpresa, dio la contraseña correctamente, le entregó un sobre de tamaño medio que sacó de su carpeta de estudiante y luego desapareció en la multitud con la misma naturalidad.
En los retretes de la estación abrió el sobre para comprobar que era la documentación de su nueva identidad y destruyó la que había usado hasta entonces. Ahora se llamaba Jean Laval, francés, vecino de Lille, y tenía tarjeta de identidad y carnet de conducir, perfectamente hechos y hasta con su fotografía, y una tarjeta de crédito de Credit Lyonnais también a nombre de Jean Laval. Desde luego, era verdad que la operación estaba planeada hasta en los menores detalles; no podía fallar.
Se fijó en la rúbrica que aparecía en la documentación; tendría que practicarla un poco pero no era especialmente complicada; no le llevaría mucho tiempo firmar como Jean Laval con total naturalidad. Y también tenía que memorizar todos los datos de la nueva identidad, adoptar esa personalidad como si realmente fuese la suya. No tenía ni idea de si el nombre y los datos correspondían a un ciudadano de verdad, ajeno a aquella suplantación, o si era una personalidad totalmente ficticia, pero tampoco le importaba lo más mínimo.
Ahora, mientras que el tren llevaba a Iñaki hacia Amiens, pensaba que aquel mismo viaje debía haber sido una prueba de resistencia en otras épocas, cuando en vez de ir en cómodos y rápidos trenes se viajaba en tartanas incómodas, lentas y sucias. El peso de la misión que había aceptado lo abrumaba. Varias veces la imagen de Itziar, su reproche, pugnaba por invadir su pensamiento, pero logró evitarla. Bueno, repasaría hasta memorizar y asimilar totalmente los datos de su nueva identidad: nombre, fecha de nacimiento, dirección. Nombre, fecha de nacimiento, dirección. Nombre, fecha de nacimiento, dirección.
Al fin alcanzó Amiens, aún lejos de su destino real. Bajó del tren con el equipaje en la mano y preguntó por la estación de autobuses para coger el que habría de llevarlo a su destino aquella misma tarde: Péronne, a unos sesenta kilómetros de distancia.

Formato: 13,5 x 21,5 cm
Número de páginas: 232
ISBN: 978-84-9072-530-6
Fecha publicación: 18.01.2017
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