Narrativa / Novelas

Con la cabeza girada

Paco Moreno

Con la cabeza girada

Extracto de lectura:

Quietas las calles, limpiando de basuras el silencio, ayer mi
hijo me dijo algo muy importante: «Quiero estar contigo».
Lo escribió en una servilleta de papel, como Messi, mientras nos
comíamos una Burger Cangreburger en el bar-frankfurt que hay
frente a la piscina municipal. La guardo. Más tarde, ya de noche,
desde el ático orientado al norte en la ciudad, miré hacia la
montaña donde mi niño, a esas horas, estaría seguramente durmiendo
arrullado por un cielo bajo donde las nubes tienen forma
de genio de la lámpara maravillosa, y recordé cuando sentados
en la terraza las noches de verano, mi pequeño y yo contábamos
murciélagos por docenas, riéndonos con un nudo en el estómago
cuando los poco alardeosos voladores se acercaban demasiado a
nosotros. Me transformé en uno de ellos –no se inquieten, sólo
soy un quiróptero-man–, y aleteando me desplacé para ver dormir
a mi hijo. Mirándolo a través de las cristaleras de su habitación,
le susurré que saldría victorioso, que sus heridas cicatrizarían:
«La noche será bella, se portará bien contigo… cuando vuelvas,
mi niño, cuéntame tus cuentos».

Predata: referencia Stephen King: Tabby despierta en invierno al oso más delgado.
Años atrás, había visto las películas Carrie, El Misterio de Salem’s Lot, El Resplandor… pero, al escritor, no lo había leído antes nunca. Fue Felipe, un amigo, quien al rapapolvo «¡a ver si te enteras, Paco!», me regaló Mientras escribo. «Vaya… esto pinta bien», dije, y me lo cargué en diez horas… al amigo no, el libro, degustándolo, dejándome llevar, y aprendiendo… porque aprendí, digo si aprendí: Con la cabeza girada todavía está lamiéndose las heridas provocadas por las sacudidas recibidas; aún convaleciente de las purgas depurativas de que fue objeto gracias, en este caso, a la injerencia del norteamericano en mi escritura. En Mientras escribo encontré, no sólo una buena guía o una lección técnica, siempre de utilidad para alguien que padezca de desquicie, de osadía o de ocurrencia de escribir un libro, sino también aquel abrazo que te da seguridad a lo largo del camino que tienes que recorrer cuando escribes; ese abrazo que resuelve las incertidumbres, los escollos, las desconexiones que te impiden avanzar en la historia que quieres explicar.
A partir de la lectura de Mientras escribo, sentí interés por leer más sobre Stephen King. Lo hice y, como lector, me dije: «Es bueno, muy bueno». Su ingenio a la hora de componer los personajes, cada uno de ellos naciendo, viviendo y muriendo dentro del propio escritor; su instinto para imbuir en el lector la recreación de un ambiente; su manera de lazar y lanzar las palabras; su
estilo para definir lo que resulta difícil de definir… y todo ello compactado en la cualidad suya que más llama mi atención: la realidad, explicada por medio de la ficción de la metáfora. Así se lo dice King a sus lectores en alguno de sus libros: «El relato de lo irracional es el medio más sano de que dispongo para ref lejar el mundo en el que vivo. Estos cuentos me han servido como instrumentos
de metáfora y moralidad; siguen ofreciendo la mejor ventana que conozco para asomarnos a ella y contemplar cómo percibimos las cosas y cómo nos comportamos en base a nuestras percepciones». El escritor Tom Clancy lo expresa de manera diferente, aunque viene a decir lo mismo que Stephen King,
cuando establece una superación conceptual de los significantes ficción y realidad: «La ficción», dice Clancy, «tiene mayor sentido (que la realidad)». De otra manera no se podría entender la idea de que la realidad supera a la ficción, sino comprendiendo que la lógica que mueve los mundos oscuros del crimen es una lógica que existe, si bien paralela, sumergida, oculta en la lógica de la
normal conducta de las vidas cotidianas; esto es: la realidad que una persona exterioriza ante los demás, una vida cotidiana que sirve de tapadera con la que los criminales disimulan una mente criminal que, por lo increíble de sus consecuencias cuando sale a la luz un crimen, pareciera este de ficción, aunque devenga mil veces desmentido como no ficción por esa realidad que nos golpea
con el mundo secreto de los instintos que encierra, instintos que nos dejan noqueados con la verdadera historia que los guarda. Los jardines, los sótanos, las naves industriales, los campos de sembrados, los solares desolados, los tiburones y la cal viva, deben de estar atiborrados de cadáveres… Y no es imprescindible bajar a los infiernos de los desahuciados sociales para encontrar una mente retorcida, ya que la acción criminal se mueve, inteligente, por todos los estratos de la sociedad: abogados, notarios, médicos, policías, periodistas, escritores, artistas, empresarios, madres superioras, nuncios apostólicos… Bueno, si acaso me pongo freno, porque tampoco se trata de que yo quiera ahora poner un
ventilador y salpicar excremencias a diestro y siniestro… No, no se trata de eso; aunque sí me temo que podríamos poner unos cuantos nombres y apellidos concretos, ejemplos de criminales de todo tipo de perfil humano, de los que forman parte alguna gente que, protegida por el áurea nada sospechosa de su status social, se encuentra también implicada en crímenes abominables (homicidios, asesinatos, torturas, desapariciones, infanticidios, tráfico de menores, pederastia, pornografía infantil, trata de blancas, explotación ilegal, extorsión… por no hablar del etcétera que significan el blanqueo de dinero, las estafas, los desfalcos y demás), y que están recogidos por la historia en un catálogo infinito que mantiene abierta una adenda aneja donde deberían ir incluyéndose muchos de los crímenes aún hoy no solamente no resueltos, sino ni tan sólo descubiertos; crímenes por tanto que nunca existieron y que probablemente nunca existirán… Me parece que no estoy descubriendo nada nuevo al hablar de ello, como de igual manera me parece que no estoy exagerando, sino, más bien, compartiendo la realidad de esas ficciones, comprendiendo la realidad de esas metáforas a las que se refiere Stephen King en su escritura, y también, aunque menos metafórico, las que nos muestra el
compositor Rubén Blades en algunas de sus canciones. En In Salvador, el músico panameño habla del mundo oculto, imperceptible por el exterior, que hay en el hermético y misterioso cerebro humano. Los escuadrones de la muerte, los cazadores de la noche que van a por ti, son –dice In Salvador–, el vecino de la puerta de al lado; el que, sonriente, te saluda cada mañana; el que va contigo al fútbol; el que como tú acompaña a sus hijos al colegio. In Salvador, como las horrendas metáforas de Stephen King, nos permite ver lo que no se ve; esto es, aquello que King, borrando la línea divisoria entre realidad y ficción, nos muestra mediante unas metáforas que nos ofrecen la exteriorización del daño que lleva a cabo una voluntad: metáforas que ref lejan la materialización de la intencionalidad de la ficción. La metáfora así, no considerada como un sinónimo de irrealidad, la metáfora no como sinónimo de imposibilidad, sino la metáfora como una manera de explicar la realidad que nos rodea: la metáfora justo ahí, donde no necesita subterfugios, en la realidad que supera a la ficción; esa ficción, el lugar donde los gritos son silencio.
Cuando leí la hipótesis de trabajo que Stephen King plantea en Mientras escribo, me refiero al caso Dick/Jane, me sonreí diciéndome que, cuando se le ocurrió esa idea, sin lugar a dudas el escritor de Portland estaría pensando en mí, por medio, me dije, de una especie de telepatía, o algo así. La razón de esa mi identificación
con el caso que plantea, es porque me di por aludido, y también me hizo sentirme aliviado por saberme comprendido, pues ese giro de 180 grados que King propone en su Jane ficción existe en mi relato de una historia real… Allí estaban las metáforas Jane, Ardelia Lortz, Annie Wilkes… todas ellas reunidas en
una, mi situación, mi particular Peyton Flandes… «La mano que mece la cuna es la mano que mueve el mundo…» Todas ellas en una, todas esas ficciones reunidas en una, latiendo en el entramado que vivía oculto en lo más oscuro de una madriguera, en un tiempo aletargado, esperando a salir de un mundo secreto hormado en el pasado de una madre que, treinta años más tarde de la muerte de mi hija, tras treinta años de naufragios, de luchas y esfuerzos, llegaba anunciando que venía a privarme de mi hijo, dándole la vuelta a nuestras vidas: «Eres mío y sólo mío, sólo la mama te quiere a ti». Yo, a mis cincuenta años, tenía todos los números para haber caído al precipicio de alguna de las más variopintas formas de suicidio: renunciando a la vida, engullido por la locura del alcohol, tirándome a vagabundear con la cabeza ida por las calles, desconectando mi cerebro, dejándome morir de pena, como otras muchas personas hay, a quienes no critico, las cuales, enajenadas sus capacidades volitivas, caen o deciden dejarse caer como respuesta al colapso que provoca un sufrimiento que se les ha hecho insoportable y que no saben o no pueden superar.
Pero yo tengo la suerte de que mi carácter no me permitía desfallecer; yo soy de los que se zambullen en los problemas, en los intestinos de los problemas, para buscar soluciones. Y además tenía razones supremas para no permitirme el lujo de verme caer: un hijo pequeño al que me debía. Sin embargo, me preocupaba
caerme sin mi permiso; como consecuencia de una ansiedad provocada por una tristeza que laceraba de forma acelerada mi estado físico y anímico, había caído en diversas ocasiones al suelo; temí, sin yo desearlo, un día no despertar sin haber podido disfrutar a mi hijo; temí no haber podido entregar a mi pequeño
todo el amor que yo sentía por él, con la pena añadida de que, cuando mi chaval fuese mayor, tendría una mala opinión de su padre, cuando no la idea interiorizada, asumida, de un padre que nunca existió. Mi hijo, antes de haber cumplido los dos años de edad, como un automatismo que actuaba dentro de él,
como un acto ref lejo natural, me insultaba, me gritaba, me golpeaba, me arañaba, me mordía, me daba patadas… me rechazaba… Cuando yo intentaba interaccionar con él, mi pequeño lo hacía conmigo como si yo fuese alguien ajeno, como si yo fuese un ser malo, indecoroso, alguien doloroso para él, en definitiva. Confundido en los sentimientos, para poder agarrarse a una
certidumbre, sus mecanismos de defensa lo desproveían de sentimientos positivos hacia la figura paterna: el niño sentía la inconsciente, la involuntaria necesidad de rechazarme y, si estaba veinticuatro horas sin verme, mi hijo se olvidaba de mí… prácticamente no me conocía. Sin embargo, nada de todo ello se producía como consecuencia de que mi hijo hubiese nacido así, sino que traía causa de que, detrás y delante de esas actitudes del pequeño, contra todo pronóstico (la realidad supera a la ficción), había una protagonista, una mujer, una madre, una especialista en roles infantiles que, a la adicción de la teta en la que sumió al hijo, sumó la depuración de sus conocimientos técnicos, con la
finalidad de privar al padre de su hijo; y lo hizo transgrediendo las normas no escritas de la naturaleza, poniendo en peligro la protección que ha de dispensarse a un hijo, entre las cuatro paredes crueles y sórdidas de una casa aislada en el bosque. Había un problema de fondo muy grave.
Y yo, con todo mi yo roto, inmerso, ahogado en la vorágine de una mujer que era como una enamorada novia del odio, fue que empecé, desde los añicos, a reconstruirme, consciente de que mi chaval me necesitaba, sabedor de que para que mi pequeño estuviese bien yo debía estar bien, pensando en que mi chaval
merecía, desde su más tierna infancia y ya, una vida mejor que la que estaba sufriendo; mi chaval, el principal protagonista de esta historia, un niño que en lugar de estar escuchando la dulce melodía de la infancia, en su cabeza atronaban ciento ochenta mil decibelios de heavy metal, y él es aún muy pequeño para tanto infierno, me decía yo… De manera que, si me tenía que costar
la vida, sería librando un combate y no por haber quedado atrapado en ningún laberinto de alcohol, y no olvidándome de mí mismo en el monte perdido de un suicidio cualquiera. No es que yo sea tan pretencioso o vanidoso hasta el punto de creerme absolutamente imprescindible para mi hijo (cuántos niños hay que
no tienen padre o madre y caminan bien la vida: muchos), pero yo necesitaba explicar una historia, una historia muy dura, injusta, aunque también una historia llena de buenos sentimientos; y fue así como, en medio de la ofuscación, sintiéndome quebradas todas mis fragilidades, mientras peleaba por mi chaval me puse a escribir algo que había comenzado… a modo de… una carta…, nada… un escrito de diez o doce páginas para que, por si acaso a mí me sucedía algo, cuando mi pequeño fuese un hombre, la leyese de primera mano, de mi propia voz, y pudiese tener unas cuantas ideas sencillas, e incluso divertidas, claro que sí, de cómo había sido su padre, de cómo era el carácter de su padre, de cómo
su padre vivió sus experiencias vitales, cómo veía las cosas, cómo las afrontaba, qué actitud tenía ante la vida. Y sucedió que una vez hube empezado a escribir, después no podía parar… A medida que avanzaba en la escritura, esa carta tomaba un cuerpo diferente, más atractivo, y me animé a seguir escribiendo, porque brotaban muchos más recuerdos, me desbordaban situaciones que viví, muchas de ellas muy ricas y otras que se podrían calificar de inverosímiles, en las que yo, actor de esas experiencias, ahora autor ante el papel, me veía poniendo la ficción al servicio de la realidad, y disfrutaba yo hiperbolizando a unos personajes que no necesitaban hipérbole ninguna porque ya de por sí eran de cabeza girada; unos personajes que por sí mismos se evidenciaban ficcionados (o atípicos) con respecto a sus propios estereotipos sociales, siempre aparentes: recuperé, recogí unos hechos y unos personajes que se pertenecían a ellos, pero que también me pertenecían a mí, como uno más que era yo entre ellos y que,
con o sin metáfora, fueron rigurosamente lo que realmente fueron… Por lo tanto, si en este trabajo, si en esta historia real novelada, que se desarrolla en Barcelona aunque tiene su origen en una intrahistoria larvada muchos años atrás en las montañas de la Contraviesa de Granada, existe ficción, esa ficción lo es no en los hechos sino solamente en la estética de una narrativa que he querido atravesar a golpe de música; a golpe de música porque esta me permite expresar mejor los diferentes registros, las modulaciones, tentando el ambiente según el relato va discurriendo por situaciones, emociones, sentimientos que se abren a los pozos, al dolor, a la tristeza, al luto… La música así en el naufragio que en los vivos provoca la muerte; la música también en los sentimientos donde se encuentran las cimas, el placer, el deseo de compartir, las ganas de vivir…; emociones todas que f luyen por las arterias de una prosa a veces lírica o poética y, en ocasiones, de manera estrambótica, cómica o estrafalaria… Bien, yo empecé
escribiendo sólo una carta para regalarle a mi chaval buen humor, para sonreírle, burlándome de mis ridículas situaciones; una carta para echarle a mi hijo un cubo por la cabeza lleno de risas; una carta para mostrarle también generosidad y entereza ante las dificultades, mirando frente a frente con los ojos de la dignidad
a los ojos de la iniquidad y el oprobio; y llenando su espíritu de esperanza ante el dolor que, como cualquier ser humano, habría de sufrir a lo largo de su vida. Quise imbricar la música en la narración, porque la música me ha dado mucho, y de algo me tiene que servir, ¡caramba!, la experiencia de haberme dedicado
durante más de quince años, en las pasadas décadas 80 y 90, a la música en directo… Al fin y al cabo, he querido que este trabajo fuese también un reconocimiento a la gente del espectáculo… Sé que se me han quedado muchos de ellos en el tintero, pero… ¡eh!, no en el tintero del olvido, sino en el del agradecimiento. Así es, la música discurriendo del escenario al corazón, del corazón a la vida… la música tramando el sabor estelar de sus especias
con los nutrientes de la historia.
Dividida en dos partes (aun siendo ambas una secuencia necesitada de la otra), fue como concebí la narración de Los cuentos de la historia y La historia, segunda parte esta núcleo duro de Con la cabeza girada, que trata de esa lucha de un padre, de la lucha de cualquier padre, por no perder a su hijo; un padre, en mi caso acosado, agredido y a pesar de ello denunciado por agresión por cuestiones de género, que intenta a toda costa sacar a su pequeño del caos que afecta a su salud y a su seguridad.
Me satisfizo, antes de que Mientras escribo cayese en mis manos, comprobarme cumpliendo fielmente ese requisito sine qua non para que lo que escribes tenga la calidad de la decencia, para que lo que escribes tenga alma, y que Stephen King con modestia prescribe a todo escritor: la sinceridad. Y es cierto. Parece que
Stephen (ya le tuteo) una vez más me leyó el pensamiento, pues… fue así, con sinceridad, como se relacionaron, porque son lo mismo, mi lápiz de carbón y mis palabras a la hora de escribir Con la cabeza girada. Ahí, en la sinceridad, es donde se halla el corazón que puse para recuperar a mi hijo; y es quizás también por eso, por la sinceridad de mis sentimientos, por la sinceridad de nuestros sentimientos recíprocos, por lo que mi chaval, hoy, en 2016, con siete años de edad, sigue amándome, aún contracorriente. «Apuntas maneras de joven maduro», le digo con retintín a mi hijo. Y él me responde: «Papi, hemos encontrado nuestra página perdida».

Disfruten, por favor, primero de Los cuentos de la historia que escribí para mi hijo, porque, después, se corta el rollo: llega ella. Y entonces ustedes dirán: «¡La historia!… es verdad, ella ha llegado… y ha llegado en serio».

Formato: 13,5 x 21,5
Número de páginas: 388
ISBN: 978-84-9072-284-8
Fecha publicación: 27.09.2016
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