Narrativa / Novelas

Tres razones para vivir

Elena Ruiz Velasco

Tres razones para vivir

Extracto de lectura:

Me desmayo. Todo se funde en negro. No puedo respirar. Oigo gritos a lo lejos, pero no puedo abrir los ojos. Tengo la cara llena de lágrimas. Abro los ojos. Estoy en el suelo de una habitación pequeña, a la derecha hay una estantería con materiales médicos: suero, gasas, pastillas…

Alfredo, mi exmarido, me habla desde la puerta, mirándome entre agobiado y con vergüenza ajena:
«¡Elena, cálmate!»

Sin poder respirar y con un cuadro patente de ansiedad, pensaba para mis adentros: «¡Cálmate tú, si puedes!».

Brotan mis lágrimas cada vez más deprisa y siento que me voy a ahogar.
«Por favor, ¡cálmese!», me dice una chica. En ese momento ya no puedo reaccionar. Me descontrolo, también mi corazón, y mi histerismo se hace más patente.

«¿Qué me calme?, ¿qué me calme? ¡Qué me calme!», pienso para mi adentros, con toda la rabia de una situación inexplicable y que no puedo controlar. Pero, ¿cómo me voy a calmar? Me dice que me calme una médico tan joven que ni siquiera sabrá el dolor que me ha causado porque no tendrá ni hijos. ¿Cómo puede alguien levantarse después de una noticia así? ¿Cómo puedo ponerme en
pie? ¿Cómo puedo vivir sin miedo? ¿Cómo me repongo de esto? ¿Cómo me gustaría ser yo y no puedo? ¡¿Cómo?!

Esta fue mi reacción cuando me dijeron que mi hijo Mauro, de cuatro años, mi hijo pequeño, mi ricitos de oro, tenía cáncer. Mi vida se desplomó. Pasé de pensar en las camisetas del festival de Navidad, a pensar en la vida de mi hijo.

Todo empezó así.

Lunes 10 de diciembre:
A las siete y cuarto de la mañana, Daniela, mi hija mediana, se mete en mi cama, me da un beso en la boca, nos abrazamos a modo de cucharilla y seguimos durmiendo cinco minutos más, porque a las siete y veinte llega Mauro y me dice:
«¡Mami!»
«¡Uuuh!», gruño yo.
«¿Puedo subir con Hugo a ver la tele?»
«Mejor te vienes aquí conmigo y duermes un poquito más.»
«Mami, no. ¿Puedo subir? ¿Puedo?, ¿puedo?, ¿puedo?»
«No sé… ¿Si me das un beso?»
Me da un beso y se sube arriba corriendo a ver la tele.

A las ocho menos diez suena el despertador.
Me levanto, dejando a Daniela en la cama. Voy al baño y empiezo a asearme, pintarme y a hacerme una coleta en el pelo, porque los lunes, miércoles y viernes voy a correr por el río. Me pongo las mallas corsario, de color negro y hasta la mitad del muslo; la camiseta negra de hombreras; las deportivas blancas, con pequeños detalles en rosa fucsia; y una chaqueta con cremallera gris plata, en piel de melocotón, con bolsillos en la parte de delante de Adidas para Oysho. ¡Con suerte será un boceto de Stella McCartney!
Ayer por la noche ya preparé la ropa de los niños. Los Chicos llevarán vaqueros azules oscuros, rebecas azul turquesa a juego con las zapatillas deportivas y polos de manga corta de color blanco.
Daniela llevará el chándal del colegio, porque le toca gimnasia.
Y como es diciembre llevarán los plumas de color azul marino.
Mientras se calienta la leche, voy haciendo las camas. Ellos están arriba viendo la televisión.

Vivimos en un ático dúplex de la calle Conde Altea; reformado, con tarima, puertas blancas y armarios empotrados en todas las habitaciones.

En la parte de abajo está el acceso a la vivienda y justo enfrente de la puerta de entrada está mi habitación, decorada con una enorme cama de 2x2, con un cabecero blanco tapizado en sky, sábanas y edredón en blanco, aunque este último con una puntilla de ganchillo blanca y con un lazo dorado. Encima una colcha dorada y una manta blanca, acompañadas de dos cojines más grandes a juego con el edredón, dos medianos dorados a juego con la colcha y dos pequeños con la mezcla de los dos y una cenefa de rafia. A los lados de la cama, mesillas negras, distintas pero iguales en tamaño y color, con lámparas en sky negro a juego y una lámpara de techo, preciosa, negra de estilo joya. Da a la calle principal. Tiene un baño incorporado con ducha, un lavabo de dos senos y váter.
Al lado está la habitación de Daniela, que también da a Conde Altea. Tiene una cama blanca efecto cuna gigante de estilo tailandés labrado y con la mesilla a juego. El edredón es blanco, con niños del siglo XVIII jugando, la sábana blanca y el almohadón igual que el edredón. Una colcha rosa y una manta de terciopelo
rosa están situados encima. Además, lleva tres cojines a juego, uno como la colcha y dos de terciopelo rosa como la manta, y tres muñecos en rosa y blanco: un oso, un perro y un poni. En el techo hay una lámpara enrejada con las bombillas imitando llamas. Girando el pasillo, está el baño de los niños: un lavabo con mueble, bañera, bidé y váter. Junto a él la habitación azul, la de los chicos. Dos camas de noventa con cabeceros blancos y lunares azules, sábanas azul pitufo con lunares, edredón y colcha blanca y manta a rayas azules. También con dos cojines grandes como la colcha, dos medianos con rayas finas con leones en azul y dos pequeños como la colcha. Las mesillas a juego con los cabeceros,
blancas con lunares y la lámpara de techo igual que la de Daniela.
Continuando el pasillo está el comedor, que se comunica con la cocina por una puerta acristalada, donde se aprovechó un arco que había entre las dos estancias. Desde el comedor y la cocina se sube a la segunda planta, que tiene una habitación pequeña que utilizamos como habitación de juegos, con un sofá que se hace cama y unos armarios empotrados donde guardamos todos los juguetes. Hay un aseo y un enorme salón abierto tipo loft que desemboca en una terraza de dimensiones aceptables. También da a Conde Altea.
Termino mi cama y preparo los desayunos: leche con magdalenas.
«¡A desayunar!»
«¡Voy!», dicen los tres al unísono.
Mientras desayunan, intento terminar de hacer las camas de los peques pero no puedo.
«¡Mamá, Hugo no me deja!», dice Daniela.
«¡Hugo. para!», respondo yo.
«¡Yo no he hecho nada!», contesta Hugo.
«¡Mamá, sí que lo ha hecho! ¡Me ha dicho que me case con Jacobo!»
«¿Hugo, cuántas veces hemos hablado de que no nos metemos con los sentimientos de los demás?»
Paran cinco minutos y comienzan otra vez. ¡Menos mal que he terminado ya las camas!.
«¡Mamááááá!»
Está vez ya no contesto con la misma tranquilidad:
«¡Hugo, para ya! ¡Todos los días igual!». Mis gritos se deben oír por todo Conde Altea, ni la Callas.
«¡Mamá!» grita Daniela. «Me ha tirado sus asquerosos calzoncillos a mis zapatillas.»
«No es así», dice Hugo. «Me los he quitado y han caído sin querer en sus zapatillas.»
«Mamá, ha sido aposta.»
«Sí, Hugo, sí, ¿eh?», dice el pequeñajo de la casa.
Cuando Mauro recrimina a su hermano con los brazos en jarra, con sus calzoncillos bóxer blancos y con un calcetín puesto y el otro en una de sus manos, más enfadado que un mono, empiezo a reír. «Madre mía, que jaleo», pienso.
«¡Mamá, no te rías que es verdad!», dice Daniela.
«Sí, ¿eh?, sí», dice Mauro.
Y yo me sigo riendo sin parar.
«Vamos a ver, tranquilidad, no es para tanto. Hugo, coge tus calzoncillos y Daniela ves con Mauro a la habitación azul a terminar de vestiros.»
«Vale», dicen los dos pequeños.
«Sí, pero yo no he hecho nada», dice Hugo.
«¡Hugo, ya! Los hermanos están para cuidarse y quererse. ¿Vamos a estar siempre así?»
«Vale, perdón.»
«A mí no, a tus hermanos.»
Va hacia sus hermanos, pide perdón y se abrazan los tres. «Menos mal, paz, hasta dentro de tres minutos».
«¡Vamos, a peinarse!»
«¡Yo primer!», dice Mau.
«¡Yo segun!», dice Daniela.
«Pero si estaba yo… ¿Mamá, a qué estaba yo? ¿A qué me toca a mí primero?», dice Hugo.
Empiezan los codazos, empujones…
«¡Ya está bien! Mauro, al váter, Daniela, al taburete, y Hugo, a peinar en orden de mayor a menor. ¡Y no quiero más peleas ni gritos!». Claro que esto lo grito yo de nuevo como la Callas. Los peino y salimos.
«¿Por allí o por allí?», les pregunto indicando recto hacia Conde Altea o por Ciscar, así se olvidan un poco las peleas.
«Por allí», dicen los tres hacia Ciscar.
Y así vamos hacia el cole.

Me encanta ver a los tres jugando.
Hugo es un niño de ocho años, moreno con el pelo largo capeado y la raya a un lado. La piel normal, no blanca lechosa, que es por lo que yo me caracterizo. De una estatura normal tirando a alto, complexión delgada y ojos marrones. Es muy guapo y muy reservado, nunca cuenta nada. No le gusta ningún deporte, pero como le obligo a hacer uno, ha dejado el judo, ya que no le atraía demasiado, por el baloncesto. Daniela tiene seis años y se caracteriza por ser muy delgada, exactamente igual que yo cuando era pequeña, sus piernas son como dos espaguetis. Su pelo es castaño, con alguna que otra mecha rubia, ondulado, como si se hiciera la plancha todos los días, y ojos marrones. Tímida pero
muy simpática, y sobre todo habla conmigo por los codos. Todo lo que no cuenta Hugo lo cuenta Daniela. Le encanta el ballet.
Mauro es el pequeño de la casa, tiene cuatro años, pelo rubio, con tirabuzones, y ojos marrones. Simpático, bromista y dicharachero, siempre está rodeado de amigos. También me lo cuenta todo. Le encanta el fútbol, se le da muy bien. Cuando cumpla cinco años empezará a jugar en el Valencia. Es la alegría de
la casa. Fisicamente es igual que cuando te imaginas un ángel.

Continuamos por la calle Ciscar y por Reina Germana, y a la altura de Volvoreta nos encontramos con María Dolores y su hija pequeña Cristina. María Dolores es amiga y compañera del coro, con melena morena y f lequillo despeinado. Muy simpática, con su enorme sonrisa siempre en la cara. Delgadísima, muy activa, no para nunca, cuando no trabaja, juega al pádel, si no corre y si no niños. Tiene
tres: María, Jaime y Cristina. Los tres son morenos, Cristina tiene el pelo liso, ojos marrones grandes muy expresivos y con mucha cara.
«¡Buenos días!», me dice con una sonrisa de oreja a oreja.
«¡Hola Madame de Huerta!». En el coro la llamamos Madame de Huerta. En el coro nadie o casi nadie utiliza su verdadero nombre. Nuestro director se inventa los nombres porque no se los sabe, y la que tiene hijos o hijas en el coro adopta el nombre de la familia, como le pasa a María Dolores, familia Huerta, Madame de Huerta.
«¿Cómo lleva Hugo los exámenes? Cristina fatal, no se sabe las palabras de cono, inglés fatal, ¡vaya fin de semana me ha dado!»
*Cono es la abreviatura de conocimiento del medio.
Cristina y Hugo van al mismo curso pero a distintas clases.
«Hugo bien, en su línea.»
«Mamá, no quiero quedarme en el comedor, hoy la comida es asquerosa», dice Cristina a su madre. «¿Me puedo ir a casa de Marta a comer?»
«Pues no, pero esta niña… ¡de verdad que no hago carrera de ella!»
Todo esto mientras seguimos hacia el colegio.
«Tengo una idea», digo yo. «Si estudias mucho y sacas buenas notas, te saco un día de la semana del comedor para comer en mi casa.»
«¡Sí!», dicen los cuatro.
«Claro, si aprueba todo, sí», contesta María Dolores.
«¡Jo, mamá! Y si mejoro también, ¿vale?»
«Si mejoras mucho, y se atreve Elena», dice Madame de Huerta.
«Yo ya lo he dicho», respondo.
«Vale, pero que sea el miércoles que es el peor día», dice Cristina.
«Trato hecho. Ahora te toca estudiar. Luego nos vemos.».

Entramos en el cole y nos dispersamos, despidiéndonos hasta la tarde. Hugo se va y me toca darle un beso de esos de «a ver dónde cae», ese beso que yo intento darle pero él se quita y cae en el pelo, con suerte en la cara. Vamos dónde cae. Hoy ha sido en el pelo.
Me acerco, como siempre, donde está Amparo con sus niños. Amparo es rubia, con los ojos azules, de estatura media y delgada. Pero lo que la caracteriza es lo buena que es, todo corazón. Desde que llegué a Valencia me acogió, fue la primera que me habló del colegio junto con Merce. Con Amparo me apunte al
coro que tantas satisfacciones me da. La quiero mucho.
«Hola, Juanito». Juanito es el hijo pequeño de Amparo, tiene cuatro más: Amparo, Ramón, Sebastián y Ángeles.
«Hola, Elena», me dice Amparo. «¿Qué tal todo? Ya empezamos con los exámenes otra vez.»
«Pues sí, pero ya terminamos y Navidad.»
«Eso sí. ¿Te vas a correr?»
«Sí, si no me ahogo.»
Nos reímos las dos.
Suena el timbre y vemos cómo se marchan las filas. Hugo ni me mira, en cambio Daniela me mira pero con los brazos cruzados, porque si se porta bien su profe la dará un punto, y están muy cotizados al estar empatada con Jacobo, el chico que le gusta.
Me despido y doy la vuelta a la manzana hacia Mestre Regional, donde está la puerta de infantil, que es donde entra y sale Mauro.
Saludamos a quien nos encontramos, pasamos al cole y Mauro sube las escaleras hasta su clase. Esta semana está Eva recibiéndonos en las escaleras, la profe de Mauro, abajo en la escalera, le doy un beso y le deseo un buen día.
Salgo a la puerta, donde se encuentra María Luisa, hermana de Sol, una de las mamás con las que yo coincidía en el Iale, el otro colegio al que los niños fueron en Valencia. Casualidades de la vida, yo que pensaba que nunca la iba a conocer y ahora no me separo de ella. Es morena, alta, delgada y de muy buen corazón.
Siempre tomo café con ella y con las otras mamás del cole: Patri, Lore, María, Mónica y Bea. Vamos los martes y los jueves, y los demás días que llueve y no puedo correr también. Por María Luisa, Patri y Lore comencé a correr.

Comenzamos a hablar y esperamos a que venga Patri, que siempre llega tarde. Finalmente llega.
«Venga, tardona», le dice María Luisa.
Cuando Patri sale del cole, seguimos hablando y nos dirigimos hacia Ámsterdam, la cafetería que hace esquina en Salamanca, que es donde solemos tomar café. Yo me despido de ellas allí hasta mañana y me voy a correr.
Camino hacia el río por la salida del Palau, caliento las articulaciones, me pongo la Máxima y a correr. Mientras se enlazan las canciones Beautiful people, de Chris Brown, The Night Out, de Martin Soveig, Closer, de DJ Nano, Give me everything,
de Pitbull, en mi cabeza se desvanecen los problemas y las preocupaciones, ya no hay exmarido, ni miedo a estar sola ni ansiedad por encontrar trabajo, ahora solo pienso en lo que suena y en correr.
Mientras llego a casa, pienso en qué hacer hoy de comida. Estiro primero un gemelo, colocándome enfrente de la pared y apoyando el peso de mi cuerpo en la punta del pie, luego el otro, y continúo estirando los gemelos hasta los muslos y glúteos, agachándome sin levantarme y llegando a la punta de los pies. Cinco
veces. Después abro las piernas un poco más y vuelvo a tocarme las puntas de los pies, primero una y luego la otra, cinco veces. Luego abro todo lo que puedo y vuelvo a tocarme las puntas de los pies, cinco veces otra vez. Entrelazo las piernas y vuelvo a tocar la punta de los pies otras cinco veces. Semiagachada, apoyo las manos en la pared y estiro la cintura y el costado. Los hombros y brazos los estiro pasando la mano por encima de la cabeza, pegado a la oreja, y tiro sin forzar del codo para abajo; del cuello lo estiro agarrando la cabeza sin forzar, acercando la oreja al hombro, y luego la otra. Termino y para casa.
Las camas ya están hechas, así que lo primero es la comida: cocido.
Pongo en la olla todo troceado: cebolleta, judías verdes, zanahorias y patatas. Añado dos cuartos de pollo, carne de morcillo, un hueso blanco, otro hueso de jamón, tocino y garbanzos. Añado también sal, aceite y un cuarto de pastilla de caldo Starlux, pongo agua hasta cubrir los ingredientes, cierro la olla y la pongo al fuego. Normalmente media hora, pero la verdad es que dejo que cueza hasta que huele a comida, ese es el punto exacto en el que la comida está hecha.
Una vez está la comida haciéndose, me tumbo en la alfombra y hago abdominales. Cuando termino, barro, friego y limpio el polvo. Apago la olla cuando ya huele la comida. Pongo música y me meto en la ducha. Cuando salgo me doy crema, me pinto, me seco el pelo y me visto. Me pongo los jeggins vaqueros, unos calcetines marrones que terminan en un lazo de raso, un blusón
chocolate que enseña un hombro, unos botines Boho Chic chocolate y un chaleco imitando el pelo de animal, en tonos camel. Y salgo corriendo al cole, directa a Mestre Regional a por Mauro.
Cuando subo, hablo un rato con Eva que me dice qué tal ha pasado el fin de semana, que Mauro ha estado muy bien… Doy dos besos a Eva, cojo a Mauro en brazos y salimos del cole. Voy dándole besos en la cara él se parte de risa y me abraza fuerte mientras no para de reír. Llegamos a la puerta lateral por donde salen los dos mayores. Cuando nos acercamos, están abriendo la puerta. Saludamos al conserje, César, y pasamos junto a Amparo y Merce. Amparo va con Juanito y Merce sola. Esta última es alta, rubia, siempre lleva un moño en el pelo muy delgada, al igual que Amparo tiene un gran corazón. Merce tiene tres hijos: Mercedes, César y Nacho.
Sale primero Daniela y comienza a subirse por la canasta que tengo a mi lado. Cuando sale Hugo, no quiere ir al río. Me piden quedarse un rato más hasta que cierre César. Hugo y Mauro se ponen a jugar a fútbol y cuando cierran la primera puerta, los llamo para salir.
Nos dirigimos al supermercado a comprar el pan. Una vez comprado nos vamos directo a casa. Se suben a jugar al salón, mientras yo me voy directa a la cocina, abro la olla y dejo que cueza un poco más el cocido, pero sin la tapa puesta. Cuando ya está el caldo como lo quiero de color y de espesor, lo saco con un cazo y lo pongo en una cacerola. Mientras el caldo está en ebullición, preparo la sopa de fideos. De segundo plato voy hacer filetes de cerdo con un poco aceite en una sartén. Cuando ya está preparado, los llamo para comer.
«¡A comer!»
«¡Voy!», me contestan en distintos momentos.
«Lavaros las manos.»
Van al baño y se pelean por echarse el jabón, por mojarse las manos… hasta que me presento. Calmo los ánimos y me los llevo a la mesa. Se sientan para comer. A Daniela le gusta la sopa como a mí, con garbanzos, carne del cocido, jamón y tocino. Hugo, solo con pollo, y Mauro, la carne con cuatro garbanzos. Mientras
comen, cada uno cuenta los sucesos de la mañana. Terminan el segundo plato y de postre un helado de cucurucho de fresa.
Después de comer, se suben arriba a ver la tele mientras se terminan el postre, y yo limpio y recojo la cocina.
A las tres menos veinte los llamo para asearles antes de ir al cole, y a las tres menos diez bajamos a ver cómo bajan los cierres de la compañía de seguros que hay debajo de nuestra finca, pero hoy cuando bajamos ya están cerrados. Hugo se enfada y ya la tenemos liada. Pero me calmo y me pongo a jugar con ellos a
adivinar series de dibujos; Hugo no juega hasta que llegamos a la esquina, entonces se anima.
«¿Jugamos a las series?»
«¡Síííí!», dicen los dos pequeños.
«Vamos a ver… Es una serie de dibujos que son cinco chicas que tienen poderes mágicos.»
«¡Las Winx!», dicen los dos peques, Hugo sigue sin hablar.
«Y es el novio de Flora», continúo, sé que eso solo lo sabe Hugo, para que se integre y se le pase el enfado. Los dos pequeños no dicen ni pío, así que Hugo no tiene más remedio que contestar de mala gana:
«Es Helia.»
«¡Síííí! ¡Hugo gana!». ¡Ya está, metido en el juego!; y su cara cambia. Hugo comienza con Caillou, así que los dos pequeños contestan rápido y entonces llegamos al cole. Me toca dar un beso a Hugo de esos de «¿a ver dónde cae?». Cae en el pelo y me da un golpe fuerte en el labio, del que él no se da cuenta, pero me hace daño y la verdad es que se me hincha. Hugo se va corriendo y Mauro y Daniela juegan a ir por la acera por la línea de otro color y, si se caen, los comen los tiburones. Cuando llegamos, dejamos a Daniela en el patio con sus amigas. Vamos hacia la puerta para ir a dejar a Mauro y, al llegar, se va directo al portal de al lado del cole a jugar con Adrián y Mario –son hermanos–, también
esta Vicente. Al llegar la hora abren la puerta, se suben todos corriendo, pero Mauro espera a darme la mano y a despedirse de mí al pie de la escalera. Cuando sube, salgo corriendo hacia la puerta lateral para ver subir las filas de los dos mayores.
Daniela se despide de mí con gran cariño, pero Hugo ni me mira.
Me voy a casa. Allí me desmaquillo, me pongo el pijama y me voy a la cama. Rezo y me duermo.

Formato: 13,5 x 21,5
Número de páginas: 288
ISBN: 978-84-9072-511-5
Fecha publicación: 28.06.2016
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