Narrativa / Novelas

Imragui

Fernando Pinto Cebrián

Imragui

Extracto de lectura:

Aquella visita, y no por inesperada, fue una auténtica sorpresa.
Superada la desconfianza inicial, las palabras de aquel joven viajero del desierto, que decía ser de su familia, iluminaron la tupida red de mentiras y medias verdades que, escuchadas cuando era niña, rodeaban el viejo recuerdo,
esqueleto oculto de la familia, de nuestro antepasado común, aquel que estaba enterrado en el cementerio civil de mi ciudad natal.
Con aquella morbosa curiosidad, propia de una adolescente que buscaba saber más de lo captado entre los susurros, silencios y cómplices miradas de los mayores, había visitado aquel lugar en un par de ocasiones; lugar solitario y abandonado que todos eludían y miraban de soslayo cuando iban de paso hacia la tierra oficialmente sagrada, como si de allí pudiera provenir algún mal
inconfesable.
Ya entonces creía que había que dejar en paz a los muertos y ayudarles en su descanso eterno guardando entre nosotros lo esencialmente bueno de su recuerdo. ¿No lo hacen ellos empujándonos a la vida, incluso atándonos
a su memoria si no tenemos la suficiente valentía para seguir solos? Y así todo ha de estar arreglado, para unos y para otros, para los vivos y para los muertos, y
este no era el caso.
Por lo que sabía, a mi bisabuelo no le habían dado esa oportunidad. Y si los muertos son capaces de sufrir con las envidias y maledicencias que reparten sus descendientes, seguramente él no habría dejado de padecer ante la falta de comprensión de los suyos que no le despidieron hacia la soledad final con misericordia y perdón, sino condenándole al olvido y al recuerdo equivocado
por miedos sociales y falsos intereses.
La lápida de su tumba, de piedra ennegrecida, tan mal tallada y cuidada como la de sus vecinos, compañeros en la intolerancia de los vivos, no me había dicho nada entonces, y mis preguntas sobre la media luna blanca pintada a mano en la parte superior, encima de unos rasgos extraños al lado de su nombre, tampoco; brujería, magia, me habían dicho algunas de mis compañeras de colegio
jugando con el incomprensible misterio.
Nada más lejos de la verdad, de la realidad que afirmaba aquel moro que decía ser mi pariente lejano; nuestro bisabuelo común había sido musulmán y como tal
había vivido en el mundo de los bidán, aquel de los hijos de la nube, el de los nómadas del Sáhara, y su nombre, como lo acreditaba aquella extraña escritura de la estela de su tumba, árabe hassaniyya, fue Abdullah, el esclavo de Allah, de Dios.
Y así fue como, colocando cada historia en su sitio, una vez despejadas las dudas, comenzaría a comprender la intransigencia familiar, social y religiosa que le afligió.
Su diario y sus escritos en castellano recogidos en páginas sueltas, secas y amarillentas, envueltas en un cartapacio de solapa forrado de cuero, conocido en el Sáhara por mejfila, de olor rancio, reluciente por el uso, geométricamente decorado con tintes vegetales de colores, ahora ya un tanto apagados, rojos, amarillos y negros, fielmente guardado por los suyos en el desierto, no dejaba lugar a dudas.
El texto, garrapateado a mano en la primera página, un tanto difícil de leer por la complicada caligrafía y la tinta desvaída con el paso de los años, autentificaban
a su dueño y confirmaban inicialmente retazos de lo escuchado.
Así estaba escrito:
Comienzo este diario en la Isla de Gran Canaria, el 27 de diciembre del año de 1877, para constancia y recuerdo de mis viajes a las costas Mauritanas.
Y su nombre, Leopoldo Barado y Alonso de Riobello, debajo de su firma y rubrica.
A continuación, en el marco de un puerto corto, delineado por pequeñas casas arropadas por la torre de una iglesia, recortadas sobre unas pequeñas montañas elevadas hacia un cielo lleno de grisáceas nubes, aparecía dibujada, en esbozo a lápiz con resueltos trazos, una goleta de velacho de esbelta figura con los aparejos recogidos sobre sus dos palos; su nombre, La Intrépida, según constaba al margen.
Mi abuelo Ignacio me había dicho, en una de aquellas raras ocasiones en las que le daba por contar historias de la familia, que su padre Leopoldo, al que apenas
recordaba, El Desaparecido, como le apodaba el resto de la familia, era hijo de unos hacendados venidos a menos desde un origen familiar incierto, tal vez de la compra de un título, si de nobleza se habla, aún así lleno de orgullo y de falsa prepotencia que hacía pregonar a sus descendientes que eran de buena familia.
Razón aquella y la falta de medios económicos por la que no tuvo más remedio que buscarse la vida desde su juventud, poniendo de acuerdo la tan cacareada bondad familiar con su supuesta valía de caballero fruto de sus campestres correrías juveniles a caballo y de su habilidad con las armas en la caza.
Así fue como, con tal perfil de interés militar para la época, se vio inmerso en la carrera de las armas comenzando desde simple soldado; según su hoja de servicios había ingresado voluntario.
Quería ser capitán aunque fuera de bandidos, tal y como se decía por entonces, y con su tenacidad, nacida de su ambición por ser alguien en la vida por mérito propio, con su buen hacer y con algo de ayuda a su pesar del nombre familiar, lo logró.
Grado que abandonó a los treinta y cinco años por aburrimiento cuartelero portando el honroso reconocimiento de su valor en combate al haber recibido un disparo en la pierna izquierda durante una carga de la caballería liberal de su Unidad en la batalla de Zumelzu en 1875, hacia el final de la segunda Guerra de Carlista.
Momento en el que decidió mezclar aventura con negocios participando, con su persona y ahorros, en los viajes que a tal fin se realizaban desde las islas Canarias a las costas saharianas frecuentadas habitualmente por los europeos
desde el siglo anterior. Y no le fue difícil encontrar un socio que le permitiera embarcar en una de sus naves.
En el viejo retrato de estudio que mi abuelo alguna vez me mostraba mientras le temblaban las manos y la barbilla, gestos que yo interpretaba como mezcla de la
pena y de la rabia contenida que sentía ante el abandono de su padre y las soledades de su madre, se le veía impecablemente uniformado de capitán: botas altas de cuero fino con espuelas, pantalón de montar de canutillo, guerrera de cuello alto cerrado, las tres estrellas de seis puntas de su empleo en la bocamanga, cinturón de cuero con cierre de chapa metálica brillante conteniendo
en relieve el emblema del Arma de Caballería, guantes blancos y sable de oficial apoyado en el suelo y sujeto con su mano izquierda; no parecía demasiado alto, pero sí se le veía delgado, nervudo, con un cierto aire atlético aunque un tanto desgarbado; del conjunto destacaba la energía de su rostro, su mirada agresiva, inquisitiva, su gran bigote de enhiestas guías y su perilla en una barbilla ligeramente cuadrada; no era difícil imaginarle en acción en cualquier andanza.
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Según el relato del diario, mi bisabuelo había hecho su primer viaje a la bahía de Rio de Oro (región sur del Sáhara) el 20 de enero de 1878; viaje que, aunque se desarrolló sin problemas, no fue del todo productivo.
Al parecer de Leopoldo, el comercio con los nómadas indígenas, «tan interesados en el comercio como en la rapiña», dentro de su política de vaivén en los tratos con los cristianos, con los nasranis, fue tranquilo, sin más intentos de engaños y robos que los habituales entre aquella «mezcla de gentes de todo tipo, desde algunos bidán libres a negros, esclavos huidos y moros, perseguidos por cualquier causa pendiente de justicia: adulterio, robo, asesinato», …; aún así, de su trato aprendió que para negociar cualquier cosa había que tener la cabeza de un comerciante avispado cargado de paciencia, dado que el engaño insospechado podía sorprendernos, si no era incluso por la fuerza, en cualquier momento.
Sin embargo, «lo obtenido: algo de oro en polvo, ámbar, bloques de sal, cueros de gacela, goma arábiga e índigo, plumas y huevos de avestruz, pescado seco, más el poco fresco capturado al regreso – los esclavos sudaneses ofrecidos por la tribu bereber de los Zenaga fueron rechazados –, sólo fue de valor suficiente para resarcir los gastos del viaje con el armador, cubrir los pagos a cuenta de las armas y municiones, telas, lonas, mantas, especias, miel, azúcar, trigo, té y algo de plata entregados a cambio, y beneficiar en lo justo a los diez hombres de la goleta.»
No obstante, liberados de las deudas iniciales y como las perspectivas podían ser mejores según las informaciones recibidas de marineros franceses y portugueses
que habían regresado recientemente de la factoría de la isla de Arguin con abundante marfil y oro procedente de Cabo Blanco, Portendic y Saint-Louis, allá en la desembocadura del Río Senegal, se prepararía un nuevo viaje, esta vez de mayor duración.
La ruta de cabotaje, costeando la costa sahariana, estaba marcada sobre el mapa dibujado en la quinta página del diario; debajo del dibujo, algunos datos significativos: «… repasar la ruta con el piloto; revisar el armamento; preparar avituallamientos de todo tipo; saber más de la factoría portuguesa en la Isla de Tidra; consultar en la Capitanía General de las Palmas de Gran Canaria y a algunos marineros y comerciantes de fiar que hubieran hechos alguna entrada reciente en aquella zona; ver si había algún tratado reciente suscrito con los nativos aun sabiendo que lo que valía para una ocasión se convertía, a pesar de la solemnidad de su firma, en papel mojado a la siguiente; cuidado con los franceses ya que sus historias suelen ser un tanto engañosas; llevar mapas adecuados con la información bien confirmada; preguntar a marinos de experiencia y a otros viajeros y comerciantes, sobre todo a los portugueses, ellos conocen bien esa zona ya que fueron los primeros en andar por allí.»
Tras el apunte, en la página siguiente, la fecha de partida: «13 de marzo de 1878» y entre paréntesis: «(agosto de 1879, recuperación del diario en Dhar Chinguetti de Atar; actualización …)», continuaba lo siguiente: «…después de haber dejado el puerto de Tenerife y al cabo de trece días de navegación con viento favorable, comenzamos a ver en el horizonte, a la altura del Cabo Bojador (Bu Yeidur), desde donde iniciaríamos el viaje de cabotaje hacia el sur, la larga y alta franja marrón, obscura junto al mar, clara y con tintes rojizos en el cielo, indicadora de la costa sahariana y del polvo en suspensión que, levantado por el viento del interior, la cubría; en el desierto era la época de las tormentas de arena, aquella en la que el viento frio Harmattan del sur en choque con el
suelo caliente levanta y desmonta las dunas formadas por los alisios.»
«No debíamos acercarnos demasiado para evitar el peligro que suponían los bajos fondos con su avanzadilla de móviles bancos de arena, muy peligrosos por el
desconocimiento de su variable profundidad; la aproximación en su caso debería hacerse por la ruta adecuada y hacia el punto elegido; ruta que decía conocer bien el piloto canario Ramírez, del que se fiaba completamente el inexperimentado capitán de la nave ya que, como todos los marinos de las islas, dedicados a las pesquerías y a las relaciones comerciales con los saharianos, tenía
fama de ser práctico en aquellas costas y de salvar todas las dificultades, incluso las consideradas por otros de insuperables, para encontrar fondeaderos aptos para el desembarco.»
A Leopoldo, mi bisabuelo, según contaba, no le gustaba demasiado tal paisaje: «… el calor sahariano que llegaba a La Intrépida proveniente del desierto me asfixia, escribía, y hace que el movimiento de la mar, siempre molesto para mí, como animal de tierra que soy – ¡en qué Hora decidí embarcar! –, me irrité intensamente y saqué a la luz todo mi genio; los que sin saberlo se me acercaban conocían bien aquel desagradable pronto que me superaba.
«Tras fondear un día en la bahía de Rio de Oro y doblar, en nuestro avance posterior de cabotaje con viento ligero del norte, Cabo Blanco (Râs Nouadhibou), superar Râs Agâdir y Râs Tafarit, a la vista de Râs Iouik – seguía relatando – aquello fue a peor, los demonios (djins) del desierto se habían desatado; el cielo se había oscurecido por completo, una lluvia fuerte nos golpeaba con fuerza y el choque de los vientos y de las peligrosas Corrientes contrarias de aquella parte de la costa tendían a separarnos de nuestro objetivo, la isla de Tidra, haciendo
danzar a la goleta de un lado a otro en unas aguas, antes tranquilas y verdes, ahora cada vez más movidas y obscuras, con algas arrancadas flotando en la superficie.»
«Así con aquella deriva resultó imposible eludir el peligroso bajío arenoso de Argín; un banco que, debido a sus constantes cambios de forma de un tiempo a otro, se sabía dónde estaba, pero de forma imprecisa, de manera que las cartas no lo señalaban con exactitud.»
«Pasado un tiempo, los golpes de mar del temporal, cada vez más violentos, hacían cabecear y oscilar de través la nave con fuerza. Ante tal situación, el piloto, temiendo que la goleta, a pesar de su escaso calado, abordara alguna de las habituales barras de arena y rocas de la zona, se situó en la proa y, agarrándose al nacimiento del bauprés, trataba de señalar al capitán, que había tomado en sus manos el timón, la ruta más adecuada verificando desde lejos, con la presencia de arena revuelta en la superficie del agua, la proximidad de los bajíos; asunto en extremo difícil dada la distancia entre ambos, el juego con intermediarios en las alertas, la propia situación y la hora de luz, ya que estaba atardeciendo; así las cosas, a pesar de toda su experiencia, ese fue el comienzo
de nuestra mala suerte.»
«A las dos horas de tormenta y a una milla de la Costa o menos, a la altura ya de Râs Iouik, su intensidad había ya aumentado ostensiblemente al punto de llegar a
preocupar al comandante y a los más viejos de la tripulación, rabiosos ante su nefasta indecisión, mientras que los más jóvenes parecían estar como petrificados ante la furia de las olas; en mi caso, ante la previsión de lo peor me hice con alguno de los elementos que bajo ningún concepto quería perder: mi diario y el pequeño retrato de mi familia, a lo que añadí algunas piezas de plata.»
«De repente la furia del viento rompió parte del cordaje, rasgó el velacho y la goleta cabeceó peligrosamente; la dirección de la nave se complicaba; mientras tanto el piloto gritaba y gesticulaba, pero la lluvia, el viento que arreciaba con fuerza y el ruido del oleaje dificultaban escucharle con lo que cualquier aviso a tiempo era inútil; y así fue como en un abrir y cerrar de ojos el naufragio se preparó.»
«A pesar de su poco calado la goleta pasó rozando un bajo a babor y notamos la fuerte fricción oyendo al tiempo el gemido de la nave; el casco no sufrió pero el timón se hizo astillas al caer la popa en movimiento atravesado; ahora estábamos sin gobierno y a merced de los elementos, sólo quedaba prepararse para lo peor.»
«Mientras intentábamos arriar las velas que quedaban para descargar trapo, la goleta giró sobre sí misma y levantó la proa dejando por un momento el casco en el aire; la caída sobre un banco de arena y roca fue con tal fuerza y sequedad que abrió la proa como si fuera una nuez; al tiempo, Ramírez, el piloto, fue tragado por el mar; los hombres que se encontraban sobre las velas cayeron estrellándose sobre la cubierta muriendo en el acto, y el capitán Tafalla, que como yo, salió despedido de la toldilla del timón, se partió el cuello al caer sobre el cordaje apilado al lado.»
«Atontado por el golpe miré a mi alrededor buscando en los demás una salida a la situación, pero no hubo tiempo, el barco escoró de babor y los que aún quedábamos a bordo caímos al mar arrastrados por las olas que barrieron violentamente la cubierta.»

Formato: 12 x 19
Número de páginas: 142
ISBN: 978-84-9072-263-3
Fecha publicación: 14.04.2016
EUR 12,10