Narrativa / Novelas

Ana en el país de las pesadillas

Antonio De Miguel Gavira

Ana en el país de las pesadillas

Extracto de lectura:

PRÓLOGO
Al intentar clasificar “Ana…” veo que no es posible hacer otra cosa sino encasillarla como novela erótica.
Sin embargo yo no la escribí con esa intención. Si la comparo con otras novelas eróticas, La dama del armiño, Justine, Las relaciones peligrosas, El amante de Lady Chatterley, Historia del ojo… encuentro que dichos clásicos
se esfuerzan en la descripción de escenas “amorosas” en un sentido amplio. Otras novelas sin embargo, simplemente no las rehúyen cuando suceden en el desarrollo
de los personajes.
Ana, quisiera pensarlo, se aproxima a novelas como Trópico de Cáncer, Lolita, o Las edades de Lulú en que lo importante no es la descripción de actos sexuales sino la evolución de los personajes.
En el caso de Ana en el país de las pesadillas (la evolución de la situación política espero me evite tener que explicar por qué éste es el país de las pesadillas) cinco muchachas víctimas del tráfico de blancas siguen dispares caminos,
determinados por su suerte y por su inteligencia, precipitándose hacia la muerte, la fortuna o destinos intermedios.
Siempre que toca uno este tema termina en la vieja controversia entre lo que es erotismo y lo que es pornografía, considerando el lector medio (ese que no existe) la pornografía como algo sucio, pecaminoso y deleznable y el erotismo como un devaneo intranscendente.
En estos casos lo aconsejable es acudir al diccionario, única manera de saber (aunque no siempre) de qué estamos hablando.
El artículo “pornografía”, mucho más explícito dice; “Género de obras, generalmente de escaso valor artístico que tienen como objeto la excitación sexual, mostrando de forma realista todo lo relacionado con el sexo.”
En cuanto al erotismo, deriva el esclarecimiento al adjetivo “erótico”, que define como “perteneciente al amor sexual”.
Dado que mi intención al escribir “Ana…” no tenía como objeto la excitación de la concupiscencia del lector, podré ser calificado como erotómano, pero no como pornógrafo.
He tenido que consultar docenas de trabajos sobre el tráfico de blancas para escribir esta novela. Desde el informe “International Traffiking in Women to the United States: A Contemporary Manifestation of Slavery and Organiced Crime” monografía de Amy O’Neil Richard llena de datos generales sobre el tema, no solo del tráfico a Estados Unidos, hasta el bien documentado libro del periodista Antonio Salas “El año en que trafiqué con mujeres”. Pero como esto es una novela y no un trabajo científico me libero de añadir al final una lista de referencias.
CAPÍTULO I
Capricho senil
De madrugada Kiev, llamada la “ciudad de las cúpulas de oro” por el gran número de Iglesias ortodoxas cuyos bulbos dorados resplandecen a la luz del sol naciente, huele a hierba húmeda, recién cortada.
Un olor agradable, un poco picante, que a Ana le recordaba un par de conejos blancos que tuvo cuando era una niña. Con más de trescientos parques en la ciudad no es de extrañar esa sensación, que se mezcla con el olor
del asfalto recién regado.
Es una ciudad de cerca de tres millones de habitantes, medio eslava, medio bizantina.
Fundada a parecer por los varegos, escandinavos, hacia el siglo noveno. Arrasada en el siglo trece por los mongoles de Batu San, los genes autóctonos, ucranianos,
rusos, azerbaiyanos, más los importados a través de su historia, dan lugar a una variedad de bellas mujeres como raramente se ve en otras ciudades.
Unas tienen origen eslavo, otras mongol, algunas, escandinavo.
Morenas de ojos profundos, cara avellanada, nariz respingona, cabellos negros y ensortijados, pelirrojas pecosas de blanca piel, muchachas de negro cabello y larga nariz hebrea, mujeres de pelo castaño, liso, pómulos altos y ojos de miel.
Sin duda ello tiene relación con que Ucrania sea los últimos años el frecuente origen de las mujeres captadas por el tráfico de blancas. Del este de Europa cada año son “traficadas” entre cien y ciento veinte mil mujeres.

Ana Kovalensky, la protagonista de este relato, tiene ascendencia escandinava casi pura; pelo liso muy fino, Rubio pálido, ojos de un azul desvaído, como el cielo en el horizonte o más oscuros o incluso dorados, según incida la luz en ellos o cual sea su estado de ánimo, pómulos altos, nariz recta, labios carnosos de fino dibujo. Miembros largos, senos altos, caderas de muchacha, aún no
completamente desarrollada.
No es muy alta, para ser ucraniana. Las muchachas de Kiev suelen ser altas; más de uno setenta y con frecuencia, de uno ochenta. Ana llega a uno setenta. Su aspecto conjunto es delicado, de figurita de biscuit.
Es una de esas mujeres, adoradas y maltratadas por Hitchcock, descritas como “fuego bajo el hielo” (Carole Lombard, Joan Fontaine, Ingrid Bergmann, Grace Kelly, Tippi Herdren… sin olvidar a Anny Ondra, de los tiempos del cine mudo), mujeres que uno puede comparar al mechero Bunsen de un laboratorio.
Este mechero produce una llama azul pálido, aparentemente fría, casi invisible a la luz del día, pero cuya temperatura alcanza más de mil grados.
Es fácil quemarse con la llama de este mechero, pero la llama no tiene la culpa de que insectos alados, atraídos por su luz, se incineren en ella.
Como se verá varios hombres arderán en la llama de Ana, llama invisible bajo su piel alabastrina, aunque ella en sí era lo más lejano a una vampiresa del cine clásico. A ella más bien “le ocurrían cosas” que la muchacha no
provocaba intencionadamente.

Don Alfonso, el viejo General, había comprado a Ana como consecuencia de un delirio senil, en una Agencia (supuestamente “de colocaciones”) que en realidad
prostituía a las desgraciadas muchachas que buscaban un empleo.
Un uno por ciento de estas mujeres es enganchado por la familia (incluso por los maridos), un veinte y seis por “amigos”, un treinta y uno por conocidos y un treinta y siete por “agentes”.
La agencia no era más que la tapadera de un negocio de trata de blancas, dedicado en este caso a muchachas de repúblicas de la antigua URSS y satélites.
Existen ese campo Agencias matrimoniales, de “Contactos”, Agencias de Empleo, de Modelos etc. etc., aparte de los “ganchos” que trabajan sobre el terreno en ciudades y pueblos. El conjunto de muchachas obtenidas por estos métodos es la materia prima del tráfico.
La esencia del “tráfico” es sacar a un sujeto de su ambiente y trasladarlo a otro, generalmente en otro país, donde está en manos de explotadores.

Cuando, llevándola firmemente sujeta de un brazo, el traficante la introdujo en aquella gran casa del Madrid de los Austrias, heredada de militares, políticos o ambas cosas, del siglo XIX, Ana tenía expresión de cansancio y de temor en el rostro.
Días de frío, de dormir mal, de comer poco, de incertidumbre, de maltrato, de abusos, hacían que deseara que todo aquello acabara de una vez, de un modo u otro.

Con desparpajo Sacha, el traficante de aspecto vagamente musulmán que la atenazaba de un brazo, dijo al estirado anciano ante el que los llevó un pintoresco mayordomo:
–Señor, aquí le traigo lo que nos encargó. No creo que ésta muchacha le dé problemas. Parece bastante mansa. Procure que no se escape, aunque no creo que lo intente. Si se escapa – Dijo mirando a Ana – Nuestros agentes la encontrarán, le darán una paliza y se la devolverán. Pero es preferible que eso no ocurra, Don Alfonso.
Y añadió bíblicamente:
–No ha conocido varón, como era el trato.
Luego, tras estas escuetas “instrucciones de uso” y tras de recibir del General un abultado sobre con billetes de quinientos euros, parte del importe de la “Natacha” o “Matrioska”, el tratante de blancas se fue.

La muchacha seguía inmóvil allí donde la había dejado, ardiendo en su invisible llama azul, junto a su pequeña maleta de cuero, inquietos los ojos, con los pezones resaltando sobre la blanca blusa tensa sobre las mamas que,
sin sujetador, se mantenían orgullosamente enhiestas, sobre unas gloriosas piernas como columnas jónicas, sobre sus anticuados zapatos de medio tacón.
El General pensó, valorando su adquisición; “Parece que reúne las condiciones del trato; bella, rubia, diez y ocho años…a lo mejor hasta es virgen”. En una primera impresión no valoró completamente la belleza de aquella muchacha en flor.
Por señas indicó a la joven que subiera por la escalera que llevaba a la primera planta, la de los dormitorios.
La muchacha asió su maletita y atravesó el salón lleno de oscuros muebles de caoba, entre paredes donde se cubrían de polvo cuadros de antepasados con barbas apostólicas, uniformes pretéritos, bandas de diversos colores cruzando
sus pechos, condecoraciones del tamaño de un plato de postre y sables con cachas de nácar con incrustaciones de oro.
El último de los cuadros era el retrato de Alfonso, pintado cuando era algo más joven.
Alfonso subió detrás de ella, contemplando la corta falda negra, ajustada sobre su juvenil culo.
“Bonitas piernas, pensó. Y no se mueve mal, pese a su aspecto ingenuo.”
“Tendré que pagar la totalidad del precio, si es que es virgen como era el trato, lo que habrá que averiguar más tarde. De momento no la asustaremos más de lo que ya está, con exploraciones intempestivas.”
Abrió la puerta de una habitación, la de al lado de su dormitorio con el que la unía una puerta interior, de momento cerrada.
Un armario de dos cuerpos con altillo, una cama, un tresillo de terciopelo rojo con brillos oscuros por el paso de los años (y de las nalgas), alguna silla.
–Entra, entrez vous, come in, forward…
Luego descubrió que podían entenderse; la muchacha hablaba bastante inglés.

Alfonso pensó que quizá debía haberla llevado a una habitación más aséptica, la que había junto a la cocina, por ejemplo, pero ¿Para qué hacerla creer que venía a la casa de ayudante de cocina, de limpiadora, o de cualquier otro
casto empleo? No estaba mal que las cosas quedaran en claro desde el principio. Por otra parte a una ayudante de cocina no la acompañaría el señor de la casa a su dormitorio a la querida sí.
Ella, al ver la habitación, recibió la confirmación de cuál era su papel. Pensó ¿Pero qué te creías? ¿Para qué esperabas que te había comprado este anciano? ¿De secretaría para escribir sus memorias?
De auxiliar administrativo, que es al empleo al que teóricamente venía a este país, al de entretenida, amante, concubina, manceba, de un anciano.
Tras unos instantes de duda, finalmente entró. ¿Podía acaso rebelarse d’emblée?
Encima de la colcha, en la cama, había un vestido de seda estampada en cachemir, abierto por delante, con botones que eran pequeñas esferas forradas de la misma tela, en una hilera que iba desde el cuello, redondo, hasta el borde de la falda que llegaba hasta las rodillas. Tenía un aire chinesco, pensó Ana.
Junto a la cama había unas chinelas.
Alfonso abrió una puerta, opuesta a la de comunicación con su dormitorio; era un cuarto de baño. Escuetamente dijo;
–The bathroom – Y añadió – When you finish to get
that dress, down to lounge.
El viejo pensó; “la dejaremos que se tranquilice”.
La situación le recordó cuando criaba canarios y compraba un canario nuevo. Veía el sobresaltado palpitar del corazón de la muchacha en la base de su cuello.

Cerró la puerta y bajó lentamente los escalones hasta el salón, con la sensación agridulce da haber culminado sus planes y de haber hecho una tontería increíble.
Ana se sentó en la cama, perpleja. Su vida, su futuro,,dependerían de ahora en delante de aquella especie de don Quijote de la Mancha. Aquello parecía una mala pesadilla. Sacudió la cabeza, se quitó la blusa y la falda y se puso el traje
¿Qué haría ahora el anciano? ¿Violarla en la primera noche?

Alfonso se sentó en un sillón desde el que podía ver la escalera por la que tenía que descender su adquisición. A sus setenta años había sucumbido. ¡Cuántas veces había imaginado esta situación que recreaba mentalmente
desde hacía años!
La idea se le ocurrió cuando veía la película “El Coleccionista”. Esta muchacha le gustaba aún más que la pelirroja Samantha Eggar.
Siempre le habían gustado las chicas rubias, de ojos claros, sonrosaditas, tipo Marina Vlady…Como la primera novia que tuvo siendo un crío y que le dejó por un hombre mayor.
¿Qué le impedía ahora comprarse lo que no pudo tener de joven? ¿Qué le impedía comprarse un perrito de raza muy, muy caro que le lamiera y le hiciera sus gracias?
Perdido sus ensueños eróticos no se dio cuenta que había pasado el tiempo, cuando la chica bajó por la escalera. Llevaba puesto el vestido de seda, que se adhería a su piel, y las chinelas.
Supuso la lucha interior que debía haber mantenido.
La muchacha tenía estilo, pensó, a pesar de lo estrecho del vestido bajaba la escalera con soltura.
Parecía que haber aceptado la situación. ¿Hasta dónde llegaría a someterse? Se preguntó Alfonso.
Había comprado una esclava. Esta muchacha, sin papeles (el pasaporte se lo había entregado el traficante y lo tenía en el despacho), sin conocer a nadie en España, sin hablar castellano, sin dinero… Estaba por completo en sus manos.
Sintió una punzada de remordimiento que rápidamente desechó. “Si uno es un viejo verde, debe ser consecuente con ello” se dijo. Calmó además su conciencia
diciéndose “Seguro que habría caído en peores manos si no la compro yo”. En lo cual probablemente acertaba, aunque ello nunca le libró de sentir hacia Ana una mezcla de deseo y remordimiento.
El anciano tiró de un cordón y sonó una lejana campanilla. Apareció inmediatamente (estaba espiando en la habitación de al lado) Roberto.
A Ana le causó un efecto extraño aquel criado; era un hombre joven, de constitución atlética, de músculos bien desarrollados bajo la piel sonrosada y de movimientos, no obstante, afeminados.
Era un homosexual al que el General había librado del cuartel, haciéndole asistente y luego mayordomo suyo.
La verdad es que a sus veinte años era un joven muy vistoso que tenía gran éxito ente los bujarrones que acechaban a los reclutas.

Formato: 12x19 cm
Número de páginas: 318
ISBN: 978-84-9072-508-5
Fecha publicación: 04.04.2016
EUR 13,95