Narrativa / Novelas

Una vida en la oscuridad

José Manuel Muriel Jiménez

Una vida en la oscuridad

Extracto de lectura:

CAPÍTULO I. EL PODER DEL DESEO

La lluvia golpeaba de manera constante sobre el coche, con tal fuerza que parecía querer penetrar en el interior del mismo. Las gotas de agua eran como pequeños soldados que se lanzaban sin miedo en una acción suicida, con el propósito de invadir al poderoso enemigo que representaba el coche que avanzaba, a elevada velocidad, por la desierta carretera.
Era una de esas típicas tormentas estivales que se desatan inesperadamente y que aparentan no tener final. Un fuerte viento que soplaba del norte contribuía a hacer aún más desapacible la noche, parecía como si hubiera pasado en apenas unas horas, de la bondad del verano al más crudo invierno.

Pero ni la lluvia, que caía sobre la carretera formando espesas cortinas que dificultaban la visión, era razón suficiente para que el vehículo aminorase su velocidad.

Era ya más de media noche y la carretera se veía completamente libre de tráfico. Álvaro iba conduciendo como un autómata, su mirada estaba fija en la superficie iluminada por los faros delante del vehículo. Sin embargo, su mente se hallaba muy lejos de aquel lugar. Pensaba en Elena, la veía tal y como estaba la última vez que se encontraron, hermosa y deslumbrante.

Se preguntaba si en aquellos momentos ella estaría pensando también en él. Con tristeza tenía que reconocer que aquello era imposible, podría estar haciendo cualquier cosa menos pensar en él.

Movió la cabeza tratando de echar fuera de ella aquellos pensamientos que lo invadían, era absurdo seguir recordándola. Aquella era una etapa de su vida pasada y debía permanecer en el olvido, como si nunca hubiera sucedido.

Tenía que conseguir olvidarla de una vez, enterrar su imagen para que nunca volviera a salir al exterior. No podía permitir que aquel recuerdo permaneciera atado a él durante el resto de su vida.

Conectó la radio del coche pensando que quizás la música podría llenar su mente, desalojando de ella cualquier otra cosa que encontrase a su paso. Detuvo el dial en una emisora donde estaba sonando música clásica, la cual siempre le había servido para tranquilizarse y conseguir relajarse por completo, que era lo que estaba necesitando.

Se llevó la mano derecha, ya libre de la radio, a la nuca. Le dolía un poco, por primera vez fue consciente del cansancio que invadía su cuerpo, llevaba demasiado tiempo al volante sin descanso alguno.

A lo lejos aparecieron unas tenues luces, visibles en la oscuridad de la noche. Se veían balancearse levemente, quizás debido a la fuerza del viento que soplaba.

En un instante decidió que si las luces pertenecían a algún hostal de carretera donde poder pasar la noche, interrumpiría el viaje.

Aquel sitio podía ser tan bueno como cualquier otro, estaba cansado y, además, las luces del coche apenas eran capaces de romper con la oscuridad reinante y la intensa lluvia que caía, por lo que la visión que tenía de la carretera no alcanzaba más allá de veinte metros. Era un riesgo innecesario continuar el viaje en aquellas condiciones, sobre todo cuando no tenía la menor prisa por llegar a su destino.

Las luces fueron haciéndose más visibles a medida que se iba acercando hacia ellas. Tal y como había supuesto, anunciaban la presencia de un hostal, al menos eso era lo que decía el viejo cartel que colgaba en la puerta de la entrada, como pudo comprobar a los pocos minutos, cuando se encontró frente al mismo.

Era un edificio de dos plantas tosco y viejo, como el mismo cartel que lo anunciaba. Daba la impresión de estar abandonado desde hacía bastantes años, sin embargo, las luces encendidas de los faroles que colgaban del porche de la entrada parecían contradecir esta opinión.

Durante un momento se sentía indeciso con el coche en marcha, dudando entre seguir su viaje o quedarse a pasar la noche en aquel refugio que tan pobre impresión le causaba.

Finalmente miró su reloj, comprobó que la tormenta no decrecía y, con un amplio suspiro que denotaba resignación, decidió permanecer allí por aquella noche.

Aparcó el coche delante de la entrada, cogió del asiento trasero una maleta que constituía todo su equipaje y, bajando del coche, se encaminó con rapidez hacia la puerta.

La casa era pequeña y ofrecía un aspecto descuidado por todas partes, desde luego era evidente que aquel lugar no gozaba de los favores del turismo precisamente.

En el porche había seis faroles colgados del techo, pero bien debido a los efectos de la tormenta o, como razón más probable, por el abandono que imperaba por todas partes, únicamente tres de ellos despedían una luz mortecina, visible solo por la oscuridad presente. Se balanceaban por efecto del viento, que los movía sin cesar produciendo un chirrido , debido a la oxidación de las cadenas donde colgaban.

Todas las ventanas de la casa estaban cerradas, seguramente para proteger el interior de la mala noche que hacía.

Decidió que lo mejor era no esperar más y entrar en el edificio, buscando el cobijo que este le ofrecía, así que se puso a golpear con fuerza sobre la madera de la puerta. Pero a pesar de sus intentos, no obtenía la menor respuesta a sus llamadas. Sentía las manos doloridas de tanto golpear, incluso había empezado a dar fuertes voces. Todo era inútil, el ruido de la tormenta ahogaba todas sus llamadas.

Cuando empezaba a desistir que alguien lo oyese y pensaba en la posibilidad de reemprender el viaje, vio encenderse una luz en el interior a través de las rendijas de la puerta y, a los pocos instantes, un viejo con aspecto somnoliento apareció en la entrada, asomando apenas su cabeza a través de la misma.

Por su actitud, no parecía estar muy acostumbrado a recibir huéspedes, al menos a aquellas horas de la noche. Sin demostrar la menor intención de dejarle entrar, le preguntó con voz malhumorada:

—¿Qué es lo que quiere a estas horas?
Al hablar, mostró una boca completamente desdentada y, por este motivo, hacía un ruido extraño, como un silbido.

Álvaro permaneció durante un instante mirando al viejo sin pronunciar palabra alguna, fascinado ante aquella aparición que le dispensaba un recibimiento tan poco amable, pero ante los gestos de impaciencia que el viejo empezó a hacer y, ante el temor de que le cerrase la puerta, con lo que probablemente terminarían sus posibilidades de pasar la noche en aquel lugar, salió de su momentáneo ensimismamiento y dijo:

—Buenas noches. Voy de viaje y, al ver el cartel del hostal, he pensado que quizás tuvieran una habitación libre para pasar la noche.
—¿Una habitación para pasar la noche? —preguntó el viejo con una expresión de incredulidad en su arrugada cara.
—Sí, eso es lo que necesito —afirmó Álvaro.

El viejo intentó esbozar una sonrisa, aunque lo que apareció en sus labios más bien parecía una amarga mueca. Apartándose con prontitud de la puerta, al tiempo que la abría completamente, la cual hasta aquel momento había mantenido medio cerrada, le invitó con un ademán a entrar mientras decía:

—Es usted el segundo visitante que tenemos en los tres últimos meses. El primero fue un viajante cuyo coche se averió cerca de aquí y tuvo que esperar tres días hasta que se lo arreglaron en el pueblo que está a unos cinco kilómetros de aquí, ya que la única pensión que había allí la cerraron hace ya bastantes años. Desde que desviaron la carretera general para que no pasara por el pueblo, esto está completamente abandonado. Por esta carretera no pasan más que las gentes del pueblo con sus animales cuando se dirigen o vuelven de las faenas del campo, así que figúrese si tenemos habitaciones libres.

Álvaro no sentía el menor deseo de entablar una conversación con él en aquellas horas de la noche sobre los motivos que habían llevado a aquel lugar al estado que actualmente presentaba, por lo que se abstuvo de contestar.

Cuando el viejo terminó de hablar, estaban en el interior de la casa, en la habitación a la que daba la puerta de entrada y delante de una mesita que debía hacer las veces de mostrador.
Detrás de ella había una estantería donde colgaban las llaves de las habitaciones. La sala donde estaban era muy pequeña, enfrente de ellos había dos butacones y un sofá que formaba todo el mobiliario del lugar . En las paredes, excepto por un gran cuadro que ocupaba la pared detrás del sofá, no había adorno alguno. Sin embargo, la habitación resultaba hasta cierto punto acogedora, hacía cierto calorcillo que confortaba en aquella noche tan poco agradable.

Sacó su carnet de identidad y lo dejó encima de la mesita, el viejo lo cogió y sin mirarlo lo guardó en un cajón de la misma.

—Por la mañana rellenaré la ficha y se la daré para que la firme, si no le importa.
—Lo prefiero —dijo Álvaro—. Estoy muy cansado del viaje y me gustaría ir directamente a la habitación.

El viejo asintió y, después de coger una llave de la estantería, se dirigió hacia una escalera de madera situada en el otro extremo de la habitación en la que se encontraban. Parecía que la escalera se hundiría sin poder soportar el peso de los dos hombres. Cada paso que daban crujía como si fuera un quejido humano. Por fin llegaron al final de la misma y se encontraron frente a un largo y estrecho pasillo a ambos lados, desde el cual podían verse las puertas de acceso a las distintas habitaciones.

En la primera puerta de la izquierda el viejo se detuvo y dejó la maleta en el suelo, introdujo la llave en la cerradura y la abrió.

Antes de que Álvaro tuviera tiempo de llevarse la mano al bolsillo para buscar unas monedas que poderle darle como propina, este desapareció con rapidez por las escaleras, musitando una apenas perceptible despedida al pasar por su lado.

Cogió la maleta del suelo, la introdujo en la habitación, cerró la puerta y empezó a desnudarse, sin deshacer siquiera el equipaje. Se sentía tan cansado después de todo el día de viaje que solo pensaba en introducirse en la cama.

La habitación era pequeña, disponía de una cama de matrimonio, un armario y una silla como único mobiliario. En una de las paredes existía un lavabo con un toallero y del techo colgaba una escuálida bombilla, que proyectaba más sombras que luz sobre la habitación. Pero de todas formas, era más que suficiente para pasar una noche. Se alegró de haberse decidido a permanecer allí durante aquella noche. Una vez desnudo, apagó la luz y se acostó.

La tormenta no parecía remitir, los cristales de la ventana temblaban debido al efecto de la lluvia y el viento, parecía que iban a saltar de un momento a otro, incapaces de seguir resistiendo por más tiempo el terrible esfuerzo a que eran sometidos de forma continua.

El ruido que hacían no le permitía conciliar el sueño. Además, toda la habitación retumbaba por la tormenta; desde pequeño había tenido verdadero pánico a estas. Recordaba que, siendo un niño, se escondía debajo de la cama cada vez que se originaba alguna; había conseguido eliminar casi por completo ese miedo, pero de todas formas seguían poniéndolo muy nervioso.

Incapaz de dormirse, encendió de nuevo la luz y, cogiendo un cigarrillo del paquete que había dejado encima de la silla, empezó a fumar aspirando lentamente el humo y sintiéndolo discurrir por su interior.

Tenía que tranquilizarse y esperar a que la tormenta se calmase un poco, si es que quería poder conciliar el sueño. Pasó su brazo derecho por debajo de la cabeza, convirtiéndolo de improvisada almohada, mientras observaba atentamente el techo de la habitación.

¿Qué hacía un hombre como él, joven, atractivo y mimado por la fortuna en la habitación de un hostal de ínfima categoría, en un rincón perdido del país, como aquel? Esa era una pregunta que ni él mismo era capaz de contestar.

Tenía 25 años y estudiaba arquitectura, carrera que le había apasionado desde pequeño y, si las cosas discurrían con normalidad, terminaría en el próximo curso. Siempre había sentido verdadera fascinación por ver surgir de la nada un gran edificio gracias al trabajo de unos cuantos hombres, pero sobre todo, le impresionaba el hombre que era capaz de diseñarlo, de pensar en cómo quedaría una vez terminado y verlo con toda claridad cuando aún no existía más que dentro de él mismo.

La vida se había mostrado hasta aquel momento tremendamente generosa con él en todos los sentidos. Era muy alto, de aspecto atlético, piel más bien morena, unos ojos de un azul pálido que, como él mismo reconocía, constituían uno de sus mayores encantos ante el sexo opuesto. Su rostro era de facciones, si no bellas, sí al menos muy agradables, lo que, unido a su carácter extrovertido, le proporcionaba un evidente éxito entre las mujeres que él sabía aprovechar. Le había valido numerosas aventuras amorosas, aunque normalmente habían durado escaso tiempo, siempre porque él se cansaba de aquellas relaciones.

Excepto con Elena. Por eso no podía olvidarla, quizás fuera por una cuestión de orgullo o tal vez es que estuviera realmente enamorado de ella; pero qué más daba ahora, todo había terminado de un modo u otro.
Álvaro vivía independiente de sus padres y con bastante desahogo económico gracias a la herencia que recibió de su tío Eduardo, el único hermano de su madre, que siempre le había tenido un gran afecto desde su nacimiento. Había sido su padrino y parecía que en él volcase todo el amor contenido en su corazón por la vida de soledad que llevaba. Sentía auténtica veneración por su tío, pasaban juntos largas temporadas durante las vacaciones, lo que le había costado más de un disgusto con sus propios padres, por tener que compartir su tiempo entre las dos casas.

El tío Eduardo murió joven a consecuencia de un tumor cerebral, dejándole todo lo que poseía, que aunque no era una fortuna para vivir de la rentas el resto de sus días, sí al menos una cantidad suficiente como para poder vivir, durante algunos años, de forma independiente y permitiéndose bastantes caprichos, que era exactamente lo que hacía.

De todas formas, sus padres gozaban de un sólido patrimonio y, al ser él hijo único, había tenido siempre todo aquello que había podido desear con solo pedirlo. Sus padres volcaban en él todo su cariño, tenía todo lo que deseaba y, si embargo, no conseguía lo más importante, lo que andaba buscando por todos lados, lo que pretendía encontrar cuando emprendió en solitario aquel viaje, sin más rumbo que el que le marcaba el coche a cada hora. Quería alcanzar aquello que no se puede obtener con dinero. Quería ser feliz.

Sin embargo, no podía conseguirlo porque ignoraba que la felicidad propia no se puede encontrar en los demás, es necesario saberla buscar en su interior, hay que saber mirar dentro de uno mismo para poderla obtener.

Había iniciado el viaje un mes antes, tratando de poner un poco de orden en sus ideas y pensar con seriedad en su presente y, sobre todo, su futuro, pero ahora que el viaje tocaba a su fin, seguía con la misma confusión en su cabeza que cuando lo emprendió.

Era extraño que se encontrase en esta situación cuando poseía todo lo que deseaba. Tenía un magnífico piso de su propiedad en Madrid ,amueblado a su antojo sin pensar demasiado en el coste; un coche deportivo, regalo de su padre cuando aprobó los dos primeros cursos de carrera que eran selectivos; una cuenta corriente, que le permitía todas las comodidades sin tener que dar explicaciones del dinero que gastaba; y unos padres que lo adoraban y respetaban, de forma absoluta, sus deseos de independencia.

Lo tenía todo, sin embargo no era feliz. Sabía que le faltaba algo pero no conseguía encontrarlo.

Elena había abierto una herida en su interior que, desde aquel momento, no había vuelto a cerrarse y le había hecho sentirse insatisfecho con todo lo que poseía y que, hasta entonces, le había llenado por completo. Ahora se sentía descentrado, insatisfecho, pero no sabía con qué podría calmar aquella inquietud que lo dominaba.

Había consumido ya el quinto o sexto cigarrillo, y la tormenta había decrecido bastante en su intensidad, por lo que decidió apagar la luz e intentar dormirse. Necesitaba dejar descansar a su cabeza, que no cesaba de dar vueltas a las mismas cosas durante todas las horas del día que permanecía despierto.

Se abrazó con fuerza a la almohada y cerró los ojos, intentando que con ello el sueño acudiera más rápidamente a su encuentro.

Formato: 13,5 x 21,5 cm
Número de páginas: 192
ISBN: 978-84-9072-264-0
Fecha publicación: 19.11.2015
EUR 15,90