Narrativa / Novelas

Pi - El mensaje de los Dioses

J. C. Alzuro López

Pi - El mensaje de los Dioses

Extracto de lectura:

El profesor D’Agostino

Ya se habían marchado casi todos los autobuses de turistas cuando el sol lentamente empezó a desaparecer al fondo del horizonte pintando con matices naranjas las pocas nubes que flotaban en el cielo. Era un día fresco de mediados de septiembre y el viento del norte empezaba ya a enfriar los campos del sur de Inglaterra. Con unos papeles, una cinta métrica, un lápiz entre sus manos y la mirada casi perdida en el horizonte, el profesor René D'Agostino parecía desde lejos un elemento más de esa fabulosa obra megalítica de Stonehenge.

Su amigo David, sentado sobre una roca algo distante, se distraía dibujando con un pedazo de madera figuras abstractas en el suelo mientras esperaba sin prisa que el profesor saliera del laberinto de sus pensamientos para comentarle quizá alguna observación hecha durante su caminata por ese conjunto de megalitos, dólmenes y piedras gigantescas, testigos de un conocimiento y cultura que los estudiosos ya habían interpretado, cada cual a su manera, sin hasta el momento haber podido dar un juicio definitivo y convincente, al menos para el profesor D’Agostino.

Acercándose a David, René comentó con calma, pero con alegría en sus ojos:

─David, creo que tenemos una prueba más de la interrelación entre este y otros monumentos de la antigüedad.

─¿Has podido detectar algo nuevo? ─preguntó David algo inseguro.

David y René habían ya estudiado en detalle y repetidas veces los dibujos y planos que el Instituto de Ciencias de Gran Bretaña oficialmente había publicado en relación a Stonehenge con lujo de detalles y máxima precisión en las medidas y en la posición de cada uno de los elementos que formaban parte de ese misterioso conjunto megalítico. También habían analizado numerosas obras de reconocidas autoridades mundiales sobre el tema que explicaban sus teorías sobre el origen y significado de aquella impresionante obra.

Con la voz algo más firme, David continuó:

─¿Hay algo nuevo, algo que aún los expertos no hayan descubierto?

─¿Quiénes son los expertos? ─comentó René irónicamente─ Para mí, no hay expertos en ningún campo que lo sepan todo, que lo hayan descubierto todo. Cada descubrimiento, cada nuevo conocimiento plantea nuevas interrogantes que ofrece respuestas a nuestras preguntas. Especialmente en lo referente a las civilizaciones de la antigüedad. Hay tantos prejuicios en el juicio de los llamados expertos. Generalmente, lo que aceptan es solamente aquello que encaja en el esquema del pensamiento actual, lo que contradice la lógica de nuestra civilización se ignora, se esconde o se interpreta como errores o cambios producidos por el tiempo.

Poniéndole la mano sobre el hombro lo condujo hasta uno de los impresionantes dólmenes y mostrando con su puntero láser varios orificios sobre el costado de uno de ellos le dijo:

─Fíjate, David, en la posición y la orientación de estos puntos en relación a la roca del altar.

Tras mostrarle varios gráficos y ángulos sobre un papel continuó:

─Mira el ángulo que se forma al proyectar un haz desde cada una de las piedras anormales hasta el centro del círculo de sarsen. Los valores de estos ángulos que permiten definir las llamadas piedras anormales, que por cierto no son nada anormales, coinciden en valor y secuencia con los principales ángulos del dibujo patrón. Su posición aparentemente inexacta respecto a lo que esperaban los expertos no es el fruto de un terremoto ni del cambio de posición hecho posteriormente de forma premeditada por alguien, sino justamente una señal más que nos permite confirmar los ángulos y proporciones del dibujo patrón.

Se calló por un momento y mirando el cielo que empezaba ya a obscurecer continuó:

─Esto coincide con lo que habíamos observado sobre los planos de la pirámide de Cheops en Egipto y tiene una relación geométrica coherente con las proporciones del templo de Tiahuanaco en Sudamérica. No hay duda de la existencia de un factor común en los testimonios de estas civilizaciones tan distantes en el tiempo y en el espacio las unas de las otras. Además, hay algo extraordinariamente importante en este monumento, algo que ya en el siglo XVIII William Chyndonax Stukeley, un estudioso de las tradiciones druidas determinó de forma precisa. Por el medio de la llamada avenida que se inicia en este extremo de Stonehenge y finaliza a las orillas del río Avon podemos trazar una línea imaginaria, un eje que divide exactamente por la mitad al conjunto y pasa justamente por la roca del altar y por la mitad del dolmen central. Ese eje es tan preciso que si lo prolongamos infinitamente, el día 21 de junio tocará exactamente, visto desde la roca del altar, el centro del sol. Precisamente ese día, el día del solsticio de verano, una fecha de inmensa significación y sobre la que algún momento hablaremos con más detalle. Por cierto, si prolongamos el eje en la dirección contraria sucede lo mismo a la salida del sol el día 21 de diciembre, es decir, el día del solsticio de invierno. Claro que con el paso del tiempo el eje de la eclíptica de nuestro planeta se ha ido desviando en unas décimas de minuto, lo que parece indicar que cuando se construyó el monumento hace más de cuatro mil quinientos años, el eje estaba precisamente centrado. ¿Todo esto es pura coincidencia? Estoy seguro de que no ─concluyó René sonriendo.

David miraba fijamente al profesor, sin saber qué respuesta dar a sus comentarios. Sin embargo, sabía que sus cálculos eran fiables, que no había fantasía en sus afirmaciones, pues conocía lo escéptico que era D’Agostino en todo lo que tenía que ver con cifras, cálculos, lectura e interpretación de planos.

Unas horas más tarde, ya en la pequeña casa de campo que habían alquilado en las afueras de Londres, David y René tomaban una taza de té mientras miraban el fuego de la chimenea, que había encendido David.

René hojeaba un cuaderno lleno de notas, cifras y dibujos hechos por él durante la visita a Stonehenge. David era el encargado de sistematizar los datos, de perfeccionar los dibujos con la ayuda de una computadora. Era un experto en informática y dominaba perfectamente los programas CAD con los que normalmente trabajaba como ingeniero. La pasión de David era la ingeniería y el diseño. En esta ocasión, había decidido dedicar unos días de sus vacaciones para ayudar a su amigo D’Agostino, pues sabía que con sus conocimientos de informática podía brindarle un gran apoyo realizando cálculos más exactos y en menor tiempo para poder comparar dichas informaciones con las que ya habían trabajado en relación a las pirámides de Egipto, a Tiahuanaco, a las figuras de Nazca entre otros monumentos o vestigios de civilizaciones desaparecidas que habían llamado de forma especial la atención de René y quien no cesaría de investigarlas hasta llegar a conclusiones que fuesen capaces de dar respuesta plausibles a sus interrogantes. En el transcurso de más de una década de investigación sobre el campo se había acumulado un volumen impresionante de cifras y datos gráficos que ahora requerían ser ordenados y sistematizados para permitir una interpretación correcta y completa, al menos en la medida de las posibilidades que el cerebro humano con la ayuda de la técnica actual lo permitiesen.

D’Agostino era un hombre que había dejado atrás los sesenta aunque su rostro era aún juvenil, su mirada fresca y su sonrisa a veces casi infantil. Parte de su juventud la había pasado en cárceles de la dictadura militar argentina. Había sido uno de los dirigentes de la guerrilla urbana que habían combatido a esas dictaduras, quienes con la ayuda de agentes que habían infiltrado en su grupo lograron encerrarlo en una cárcel en la Patagonia casi una década. Con la ayuda de compañeros de lucha había logrado escapar y durante largo tiempo había continuado apoyando desde la distancia a los movimientos que combatieron a esas y a otras dictaduras militares de extrema derecha, marionetas de los gobiernos norteamericanos y bastiones anticomunistas en varios países de Sudamérica.

Esa época había dejado muchas heridas tanto en su cuerpo como en su espíritu. A pesar de eso, no había perdido la capacidad de sonreír, el buen humor y sobre todo el interés por la humanidad. Él había descubierto una fuente inagotable de preguntas, de cuestionamientos en las civilizaciones de la antigüedad. Eso le había ayudado a dejar atrás ese pasado tan difícil.

D’Agostino en su juventud había estudiado arquitectura y posteriormente hecho un doctorado en matemáticas. Había sido profesor universitario y tenía un conocimiento respetable de muchos campos de la ciencia, en especial de la Historia.

D’Agostino hablaba perfectamente siete idiomas, conocía las costumbres de muchos pueblos, no solo por haberlas estudiado sino por haber compartido años con ellos, en África, América del Sur, Europa. Él conocía más detalles de la historia que muchos especialistas, pues no creía incondicionalmente lo que le contaba una fuente por más reconocida que esta fuese. Trataba de ver con sus propios ojos e interpretar con sus propias neuronas los hechos. Visitaba con frecuencia los lugares más recónditos en busca de pruebas. Sus especialidades eran la historia del antiguo Egipto y la Mesopotamia así como la historia medieval, las cruzadas y todo lo que tenía relación con la orden de los templarios y, lógicamente, las culturas precolombinas. La Biblia, en sus versiones originales en hebreo y en griego, la conocía al derecho y al revés, a pesar de no haber tenido la más mínima inclinación religiosa.

René poseía muchas cualidades y habilidades que le hubiesen permitido sin duda ser un hombre rico, seguramente muy conocido y exitoso si hubiese sido capaz de aceptar las reglas de juego y los valores de la sociedad. Sin embargo, lo que había hecho que su vida tomase otro rumbo era sobre todo su espíritu crítico ante los valores establecidos y su imposibilidad de tolerar las injusticias ante los más débiles. Gozaba, además, de una inteligencia muy desarrollada y una capacidad organizativa admirable. Igualmente impresionaron a David desde el primer momento que lo conoció, su modestia y austeridad por una parte, pero sobre todo su perseverancia para llegar al fondo de las cosas.

Esa forma de actuar en la vida no había sido la más apropiada para ser feliz en un mundo como el nuestro y en los años de su juventud le había traído mucho sufrimiento. Había perdido a su familia, a sus amigos y aunque gracias a su genialidad había logrado atesorar ciertas riquezas sin usar la violencia, no poseía más de lo que requería para sobrevivir muy modestamente. Él decía que todo lo que había logrado arrebatar al sistema, como él llamaba al mundo dominado por las élites de la sociedad, le hacía sentirse orgulloso: utilizaba los mismos trucos que los bancos utilizan para quitarle el dinero a sus clientes. Había logrado en muchos casos idear mecanismos que le permitieron recuperar parte de esos medios para entregárselos a las familias de sus amigos caídos en combate, a las personas más débiles. Para él, esa era sencillamente una forma de devolverles una mínima parte de lo que realmente les pertenecía. René había sido una especie de Robin Hood moderno, pues para él los verdaderos bandidos residían en los palacios de gobierno, en los bancos, en los directorios de grandes consorcios y especialmente en las empresas fabricantes y vendedoras de armas, todos ellos aplaudidos y orquestados por políticos corruptos que se alimentaban de las manos de estos y quienes estaban protegidos por leyes concebidas e implementadas por ellos mismos.

Hace decenios vivía como fugitivo de la civilización. Ni siquiera tenía un pasaporte válido o dicho con mayor exactitud, no lo quería tener. Él decía que un pasaporte lo hacía esclavo de una identidad. Él quería sentirse libre. Tenía varios pasaportes falsificados por él mismo, que era una forma irónica de burlarse del sistema. Entre sus muchas habilidades, René era un genio de la falsificación de documentos. Ni siquiera su nombre era verdadero, por lo menos el apellido D’Agostino. Su desprecio por la sociedad era grande. Sin embargo, su amor a la humanidad era aún mayor. Él había vivido la tortura, el olvido, la pobreza. Se había también codeado en su momento con poderosos y ricos y se había dado cuenta de las grandes injusticias que estos cometían. Luego se había dedicado a la guerrilla y a acciones ilegales. Su genio y habilidades le habían permitido sobrevivir y superar las situaciones más duras y desesperadas.

Sin embargo a él todo eso ahora poco le importaba. Había descubierto una pasión por el conocimiento oculto de las civilizaciones de la antigüedad. Había dejado atrás todo ese pasado escabroso para dedicarse a una nueva lucha, la lucha por conocer la verdad sobre el origen de nuestra civilización, si así se la puede llamar, pero más que todo buscaba respuestas que ayuden a la humanidad a salir de las miserias de nuestro tiempo.

Mientras David tecleaba y tecleaba datos en su computadora, René se levantó y se quedó mirando por encima del hombro de su amigo cómo trabajaba. Después le dijo:

─David, sabes que tengo muchas ganas de visitar a nuestros amigos templarios en Troyes.

Se refería a Fabián y Natalie, sus mejores amigos y quienes eran a su parecer verdaderos expertos en la historia de los templarios.

─Me parece una buena idea ─respondió David sin meditar mucho, pues estaba concentrado en su trabajo en la computadora, quien luego de una ligera pausa continuó ─. ¿Tienes una razón especial para ello o es que simplemente quieres darles una sorpresa?

René sonriendo le dijo:

─Disculpa, siempre te interrumpo en el momento menos oportuno. Lo cierto es que me alegrará como siempre ver a mis amigos templarios, pero en este caso me interesa que Natalie analice la secuencia de estos ángulos que se repite varias veces, en este caso gracias a las anomalías de Stonehengue. Ella me había comentado algo similar sobre algunos ángulos que se repetían de forma poco usual en el plano de la catedral de Chartres en Francia y que si no me equivoco eran idénticos a los que he podido determinar el día de hoy.

Ya David había terminado de introducir todos los valores que le exigía el software que él mismo había desarrollado para poder realizar las comparaciones necesarias entre diversos monumentos de la antigüedad, cuyos planos digitalizados los tenía en su computadora así que se levantó un momento para poder prestar mayor atención a la conversación con René.

─Pues pienso que es una buena idea, René. Puedo enviar a Fabián una copia del software y le explicaré cómo utilizarlo para que Uds. puedan continuar con el trabajo en Francia. Me gustaría mucho poder acompañarlos, pero esta ocasión el trabajo no me lo va a permitir.
─Lo sé, David, no te preocupes por eso, pero ahora cuéntame qué te dice tu maquinita infernal.

David empezó a dar las instrucciones y luego sin mirar en la pantalla los resultados dio la orden de impresión.

La pequeña impresora portátil empezó a traquetear con su ruido usual mientras René estaba ya frente a la misma esperando con ansiedad los resultados del trabajo de David.

Tomó las tres hojas que se habían impreso y se sentó en el sofá, reclinándose hacia atrás de forma inusual y antes de ponerse sus anteojos comentó:

─Bueno, David, ¡vamos a ver si estamos locos!

Empezó a leer los datos que le mostraban las dos primeras hojas en forma de tablas con muchos dígitos. Eran tablas comparativas de valores de ciertos ángulos y proporciones que se habían recopilado de los diferentes monumentos de la antigüedad, pero que estaban codificados de una manera que no era fácil reconocerlos a simple vista y sobre todo sin contar con el dibujo patrón.

David miraba con mucho interés los ojos del profesor, pues ya estaba inmerso en su mundo de los números. Empezó lentamente a sonreír y un destello de alegría podía reconocerse en su rostro. Luego sacó unas notas que tenía en el bolsillo de su camisa así como su inseparable calculadora.

Luego de teclear varias cifras y de hacer varias operaciones estadísticas asintió sonriente.

─La desviación es de aproximadamente 0,003 % en relación a los otros valores. No hay duda de que este monumento contiene una parte de los datos que nos hacen falta para seguir completando el rompecabezas ─dijo ─.Todos los datos de conexión con las otras piezas del rompecabezas son exactos y al parecer hay que hacerla con sus monumentos complementarios que sin duda son la Catedral de Chartres, Tiahuanaco y la pirámide de Cheops. Hay un cuarto que requiere la parte inferior de esta pieza del rompecabezas que todavía no he podido determinar.

Luego tomó la tercera hoja, que tenía un dibujo netamente geométrico, con líneas, arcos y puntos marcados en diferentes colores. Ese era el resultado de un ingenioso programa que había desarrollado David con instrucciones de René y que se había ido perfeccionando durante más de cuatro años. Este programa permitía teniendo como input un grupo de proporciones y ángulos generar un dibujo que formaba parte de un gran rompecabezas geométrico, difícil de interpretar para alguien que no era un iniciado en esta ciencia. Cada dibujo tenía una conexión con cuatro dibujos que lo bordeaban a cada extremo, si este era parte interna del rompecabezas, con tres si era una pieza de un borde y solo dos si formaba parte de alguna esquina. El rompecabezas tenía la forma de una cruz y debía constar de 49 piezas según los cálculos de René. Cada uno de estos dibujos geométricos eran tan armónicos y agradables a la vista, que hasta pudiesen haberse utilizado como muestra para algún diseño moderno. Sin embargo, cada uno de ellos tenía un valor inmenso para la investigación que llevaba el equipo del profesor D’Agostino. Hasta ese momento René había recopilado 36 piezas y cada día iba descubriendo nuevas piezas que debían coincidir con alguna de aquellas que quedaban abiertas en alguno de sus extremos. Según cálculos de probabilidades hechos por David existía menos de una posibilidad en diez millones de que todas las proporciones y ángulos que servían de conexión entre las piezas pudiesen encajar con las de sus dibujos vecinos por mera casualidad.

Formato: 13,5 x 21,5 cm
Número de páginas: 444
ISBN: 978-84-9072-277-0
Fecha publicación: 24.09.2015
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