11 - 12 años

David Orel

Moshe Bensadia

David Orel

Y la reencarnación de Arhafel

Extracto de lectura:

La noticia en el bosque

Ya eran las cinco de la tarde. El sol yacía en un celeste cielo, el viento soplaba ligeramente y los árboles silbaban al ritmo que los pájaros piaban. Era una tarde feliz en Small Zone, donde el entusiasmo de los chicos jugando se oía a lo lejos.
«Vamos... Vamos... Sacc, Cody, Erik y Wilson conmigo, el resto, con David», dijo John, un chico alto y flacucho, con una ganchuda nariz, aparte del alborotado cabello negro que combinaba con su comportamiento.
«Oye, David. Esta vez te ganó yo», le afirmó John Tyler, rozando su hombro.
«Bueno, si un siete a uno no te basta para captar que somos mejor que tú, entonces con un diez lo captarás», repuso David con una risita, viendo cómo se le borraba la sonrisa que, a contrario de John, este lucía bien peinado su cabello rojizo y con unas pequeñas orejas, redondas y bien identificadas.
Los chicos de Small Zone solían jugar al fútbol por las tardes. David y su mejor amigo, John, siempre eran rivales, ya que prácticamente eran los mejores.
«Dale, empecemos...».
«¡John! Pásame la pelota. Aquí, aquí...», gritaba Wilson.
«¡Cody! ¿No ves que estoy solo...? No es gracioso, ponte lentes para la próxima, si no, no juegas...».
«Hey, hey, ¿qué es esa patada? Me quieres quitar una pierna ¿o qué?».
«Wilson, aquí... ¡No, no! Sigue, dale... dale... ¡gol! ¡Gool!», victoriaba John.
El partido se puso ocho a dos, ganando el equipo de David. John, malhumorado, no se quería rendir.
Tras cuarenta minutos corriendo de arriba abajo, sudados y sedientos, la pelota llegó a David, quien la pateó con tanta fuerza que la mandó hacia las afueras de la cancha, al bosque que estaba al lado del campo de juego. John, al ver a su alrededor que la gente estaba cansada y sedienta, que con la primera razón que se les diese para terminar el juego, lo harían, se adelantó a decir:
«Dale, David, tú la mandaste, tú la buscas». Y frunciendo aún más el entrecejo, le exclamó: «No vamos a esperar por ti, nosotros seguimos con el otro balón».
En realidad no le pareció mala idea. Al regresar podría David burlarse de él, que la razón por la que John no ganára no es porque David era un buen rival sino porque John no es tan bueno como él, ya que aun con su falta no pudo remarcar.
David salió relajado y se introdujo en el bosque en busca del balón. El bosque tenía un espeso suelo de hojas secas y verdes que mostraba una luz tranquilizadora. Andando en su busca, al ritmo que sus pisadas hacían crujir las hojas y los pájaros regresaban a sus nidos, encontró el balón entre unas grandes raíces que sobresalían de la tierra, cubiertas por una gran capa de hojas. Al recogerlo presintió que alguien le observaba. Se enderezó para esconder el miedo que en verdad lo sometía y observó vacilando. Un hombre flaco y demacrado, que parecía que no se hubiera bañado hace semanas y su ropa estaba rasgada y sucia, tenía los ojos clavados en él. Nunca antes había visto alguien así.
«Como has crecido», dijo el hombre demostrando en su sucia cara una sonrisa.
«Esa cálida sonrisa no debe ser de una mala persona», pensó David que aún permanecía inmóvil e inseguro, observando al hombre cojear con dificultad, acercándose a él.
«¿Me conoces? ¿Cómo sabes quién soy?», preguntó con tono desafiante.
«Sé muy bien quién eres, aunque me da mucha pena no conocerte bien...».
«¿Quién es usted?», le interrumpió David.
«Me encantaría decírtelo pero no sé si me podrías entender», le respondió el hombre, que se había parado frente a él apoyándose en un árbol. «Escucha, David, ya tienes tus trece años, y debes saber... que hay en ti mucho más... de lo que pue... des imaginar, una gran pot... tencia para una gran persona», decía forzosamente como si le costara hablar. «Debes buscar el... el lugar para aprender... No sé si te llegará la carta... p... pero debes buscarlo».
«¿De qué habla?», preguntó sudoroso David, que ya empezaba a estresarse.
«¡Escucha!», exclamó cortante. «Por favor, escúchame», le decía el hombre, que cada vez le costaba más hablar.
«Habrá gente que te evitará... diciendo... que en ti hay una mala p... ersona, que prefieren tu inexistencia...», le comentaba entrecortadamente, arrugando aún más su demacrada cara, «...la oscuridad y la luz están en tu... nuestro interior... lo que importa es... a qué le damos pot... potencial, y tú... le darás ppotencial a la... luz... Sé fuerte y no te dejes caer... por los demás».
David no sabía qué pensar, le parecía que era un loco que debía ignorar, pero a la vez algo por dentro le decía que no lo era. No entendía nada ni lo que decía. ¿Qué pasa si ya cumplió trece años? ¿Y qué hay en su interior que sea más de lo que pueda imaginar?
«¿Tal vez soy superdotado? Pero no soy el mejor de la clase, son Thomas y Erik. ¿Y qué rayos quiere con la oscuridad y la luz de mi interior? ¡Estará loco, seguro!», se imaginó David.
«Me tengo que ir», dijo el hombre, que ya no mostraba dificultad para hablar. «Te daría un abrazo si no te viera tan asustado, aparte que estoy muy sucio», le explicó con una leve sonrisa en su rostro que le volvió a retorcer el estómago a David, dándole la impresión de que no debía ser un loco.
A David le alivió mucho que el hombre no se acercara más, y aún más que no lo fuese a abrazar, contemplando como este se alejaba entre los árboles.
Al alejarse un poco, se agachó frente a un árbol y, al volver a enderezarse, David pudo notar un aire agitado entre las manos del hombre, cuando este se las pasó alrededor de sus hombros y lo hizo desaparecer.
«¿Será una capa invisible?», pensó David. «Eso no existe, no seas estúpido», se autocriticó, «será una ilusión, después de lo desconcertado que me ha dejado es de esperar.
David ya se había olvidado del balón, que tenía sujetado con el brazo y era la razón por la que se encontraba allí, pero al sentirlo, se dio la vuelta para regresar.
Para su suerte, ya no estaban jugando, estaban muy cansados, jadeando. David no sentía cansancio en absoluto y prácticamente se había olvidado de todo.
«Qué lentitud, David», protestó Lucas. ¿Qué? ¿Te dan miedo los bosques? Las mariposas grandes no te gustan, ¿no? ¡Seguro que prefieres la rosaditas!» se burló Lucas a risas tontas. David se fijó en John que estaba tirado en la grama entre ellos, jadeando como si hubiera corrido tras un autobús y lleno de rabia como si, por tan sólo un pelo, no lograra montarse en él.

«¿Sabes qué me recordaste?», le preguntó a lo alto John cuando regresaban, mientras agarraba a David por encima del hombro, alborotado como si nunca hubieran sido rivales y no hubiera pasado nada entre ellos.
«No», cortó David, sin ganas de mantener una conversación, pero John, alborotado, no lo notó y prosiguió.
«Cuentan que hubo un trío de locos que el manicomio dedujo que ya estaban sanos. Dos de ellos andaban al lado de un bosque y vieron al tercero encima de un bote remando en la grama; dice el primero: “Hay que ver, por ese estúpido dicen que estamos locos”. Este le contesta: “Oye, es verdad... Si tuviera traje de baño, iría a golpearle...”».
David, dentro del coro de risas de sus compañeros, no le quedó otra que reírse con ellos.

Formato: 13,5 x 21,5 cm
Número de páginas: 240
ISBN: 978-84-9072-528-3
Fecha publicación: 28.11.2016
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